Verano de 1957. El puerto de Ciérvana: mar, traineras y memoria
- akalsuelme
- hace 4 días
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El 7 de julio de 1959, la sección «Estampas vizcaínas» de El Correo Español-El Pueblo Vasco llevó a sus páginas uno de los rincones más singulares de la costa: el puerto de Ciérvana.
La escena aparece presidida por un hermoso grabado panorámico. En él se distinguen las embarcaciones resguardadas en el pequeño puerto, las casas escalonadas sobre la ladera y, al fondo, las chimeneas y construcciones que anuncian la cercanía de la actividad industrial. No era una imagen aislada: el dibujo servía de entrada a una evocación cargada de nombres, recuerdos y vida cotidiana.
Un puerto que comenzaba a cambiar
El autor presenta el puerto como uno de los rincones del litoral vizcaíno que todavía conservaban el carácter de los antiguos pueblos de pescadores. Sin embargo, también advierte que los tiempos de absoluta tranquilidad iban quedando atrás.
Los automóviles, las motocicletas y el autobús de servicio llevaban hasta allí numerosos visitantes, especialmente durante los domingos. Ciérvana empezaba a ser conocida no solo por sus vecinos y sus marineros, sino también por quienes llegaban atraídos por el paisaje, el ambiente del puerto y su buena mesa.
Aquella llegada de visitantes no había borrado todavía la personalidad del lugar. Seguían presentes sus casas blancas, sus embarcaciones, sus pequeñas terrazas y, sobre todo, los hombres y mujeres que daban identidad al puerto.
Antonio Calafre, un patrón mirando al mar
Entre esas figuras históricas, el artículo recuerda en primer lugar a Antonio Calafé, descrito como un auténtico «atleta del Cantábrico» y como el patrón de una célebre trainera.
Según la estampa, Calafre había dirigido muchos años atrás a una de las grandes tripulaciones de la historia de las regatas y había conquistado para Ciérvana el preciado trofeo de la bandera de la reina.
En 1959, aquel patrón vivía ya retirado de las grandes competiciones. El autor lo imagina desde una de las ventanas de su blanca casa, rodeado por el cariño de los suyos y contemplando incansablemente el mar.
La descripción termina con una de las frases más hermosas del artículo:
El autor creía que Antonio Calafé tenía «los ojos color de horizonte».
No es simplemente una frase poética. Resume la vida de un hombre que había pasado tantos años mirando el oleaje, las corrientes y la línea lejana del mar que parecía llevar el propio horizonte reflejado en la mirada.
Paco Acarregui y la victoria de 1920
La memoria remera continúa con otro nombre importante: Paco Acarregui.
El texto señala que, años después del gran triunfo de Calafre, Paco Acarregui llevó en 1920 a la trainera de Ciérvana hasta la victoria.
En el momento de publicarse la estampa, Acarregui también vivía rodeado de recuerdos. Paseaba por el puerto y seguía contemplando aquel mismo mar que había conocido sus esfuerzos y sus triunfos.
El autor enlaza las hazañas antiguas de Calafre y Acarregui con una generación más reciente. Recuerda que el mar de Ciérvana había vuelto a estremecerse no mucho tiempo atrás con las victorias de jóvenes tripulaciones ciervanatas. De esa manera, la tradición del remo aparece como una cadena viva: los grandes patrones del pasado contemplaban cómo otros jóvenes recogían su testigo.
El color y la vida de los bares del puerto
El artículo no se limita a los grandes nombres de las traineras. También retrata la vida cotidiana del puerto, especialmente sus establecimientos y terrazas.
Se menciona expresamente:
La terraza de Eugenio Mendicote.
El establecimiento de Juanito, atendido entonces por Juanita.
La casa de Amelia Acarregui.
Y, en la parte alta del pueblo, junto a la entrada desde Santurce, el establecimiento conocido como «El Pipas».
De «El Pipas» se dice que siempre estaba preparado para calmar la sed y el apetito de quienes llegaban hasta su casa. Esta referencia sitúa el local en la parte alta del núcleo, en el camino de entrada procedente de Santurce, y lo convierte en una especie de puerta de acogida para caminantes y visitantes.
El texto también cita a Julio Picón y a «Chiqui», habituales del lugar, que pasaban con claveles en las solapas. Son pequeños detalles, aparentemente secundarios, pero fundamentales para reconstruir el ambiente social del puerto: su manera de vestir, sus costumbres y esa familiaridad con la que todos parecían conocerse.
Un pintor frente al puerto
A la estampa se incorpora después Michel Ferrer, que llegaba en automóvil cargado con su caballete, una caja de pinturas, pinceles y una silla.
Mientras el autor dibujaba el puerto por obligación profesional, Michel Ferrer comenzaba a pintarlo por devoción. La contraposición es magnífica: uno terminaba su trabajo periodístico mientras el otro comenzaba a capturar los mismos rincones por puro amor al paisaje.
Este pasaje demuestra que Ciérvana no atraía únicamente a aficionados a las traineras o a excursionistas. También era un paisaje capaz de detener a los artistas, invitándolos a montar el caballete y trasladar al lienzo sus casas, el puerto y la luz del Cantábrico.
Cabras fritas y cabracho en salsa verde
Después de concluir el dibujo, el autor se sentó bajo un árbol, en un banco situado frente a Juanita. Sobre una mesa de madera cubierta por un mantel blanco disfrutó de una comida plenamente marinera:
Cabras fritas.
Cabracho en salsa verde.
El cronista recalca, con humor, que el pescado no era del día anterior ni tenía el ojo rojo. Era, por tanto, producto fresco, servido en uno de esos establecimientos donde la cercanía del mar garantizaba que los pescados y mariscos llegaran prácticamente de la embarcación a la mesa.
El artículo habla también de «mariscos del minuto», una expresión magnífica para describir la frescura de lo que se comía en las terrazas del puerto. No se trataba de una gastronomía sofisticada ni artificiosa, sino de productos recién salidos del mar, preparados y servidos en un ambiente sencillo.
Para el autor, Ciérvana era uno de los pocos lugares donde todavía podía disfrutarse de una experiencia semejante
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Desde Santurce a pie y regreso en un DKW
El cronista cuenta que había llegado caminando desde Santurce y que realizó el regreso en el DKW de José Fernández de Luco.
Durante el viaje por la hermosa carretera de la costa que unía ambos pueblos pesqueros, admiró la destreza de José al volante. La excursión provocó el recuerdo de otro automóvil mucho más antiguo: un Cadillac que José había conducido durante años y que tenía su parada frente al desaparecido establecimiento «León de Oro».
Ese Cadillac había formado parte de la pequeña historia deportiva de Bizkaia. En él se acomodaba todo el equipo del Athletic junto con sus acompañantes cuando debía desplazarse a jugar a Santander, San Sebastián o Irún. Cuando ya no cabían más pasajeros, los dos o tres restantes realizaban el viaje en tren.
La anécdota permite imaginar aquellas expediciones deportivas anteriores a los grandes autobuses modernos: jugadores, directivos y acompañantes apretados dentro de un automóvil, recorriendo las carreteras de la costa camino del partido.
Toreros y cronistas por los caminos de España
José Fernández de Luco no solo había transportado a los futbolistas del Athletic.
Durante mucho tiempo llevó por los caminos de España al célebre torero Marcial Lalanda y al novillero Martín. También viajaron en su automóvil destacados cronistas taurinos como:
Don Justito.
Retana.
Corinto y Oro.
De este modo, una sencilla conversación durante el regreso de Ciérvana se convierte en una puerta hacia otros recuerdos: el fútbol, los viajes, los toreros y el periodismo taurino.
El autor termina comprendiendo que incluso aquel conductor formaba parte de la memoria de la tierra. Cada persona poseía su propia historia y cada camino guardaba recuerdos de quienes lo habían recorrido.
Cada piedra y cada persona guardan una historia
La reflexión final resume el espíritu de toda la estampa: al autor le gustaba su tierra porque cada rincón, cada piedra y cada personaje tenían una historia.
Ciérvana no aparece únicamente como un puerto bonito. Es un lugar formado por muchas capas de memoria:
Los antiguos pescadores.
Los patrones de las traineras.
Las grandes victorias del remo.
Los bares y sus terrazas.
Los mariscos recién sacados del mar.
Los pintores que acudían con sus caballetes.
Los excursionistas llegados desde Santurce.
Y los hombres que habían recorrido España transportando a futbolistas y toreros.
La última imagen vuelve a llevarnos hacia el horizonte. A lo lejos, la chimenea de un barco dejaba en el cielo la línea fugaz del humo de un cigarro puro. Era un instante pasajero, pero el dibujo y las palabras de K-Toño consiguieron conservarlo para siempre.
Una estampa de enorme valor para la memoria de Ciérvana
Este documento es especialmente importante porque reúne en una sola página varias dimensiones de la historia local.
Por una parte, ofrece una descripción visual del puerto antes de las grandes transformaciones posteriores del litoral. Por otra, conserva nombres de establecimientos, personajes y costumbres que difícilmente aparecerían en documentos oficiales.
Y, sobre todo, conecta la vida cotidiana del puerto con la tradición remera de Ciérvana, recordando a Antonio Calafre, a Paco Acarregui y a las generaciones más jóvenes que mantuvieron vivo el prestigio de la trainera.
No es únicamente una crónica. Es un retrato colectivo de Ciérvana en 1959.
Nota del autor: En el documento original se menciona a «Antonio Calafé» y a «Paco Acarregui». Sin embargo, tras contrastar las crónicas históricas de las regatas recopiladas hasta el momento, todo apunta a que el primero corresponde a Antonio Urrestizala, conocido popularmente con el apodo de «Calafre», mientras que el segundo se correspondería con Zenón Acarregui, patrón citado en diversas crónicas de la trainera de Ciérvana. La investigación continúa abierta y estos datos podrán precisarse a medida que aparezcan nuevas fuentes documentales.
Fuente consultada
El Correo Español-El Pueblo Vasco, 7 de julio de 1959, p. 10. Sección «Estampas vizcaínas», dibujo y texto de K-Toño, dedicada al puerto de Ciérvana, sus antiguos patrones de trainera, sus establecimientos y algunos de sus personajes populares.


