Septiembre de 1920. La tripulación de Ciérvana visita San Sebastián.

La trainera que no pudo competir, el elogio del Rey y el abrazo con los donostiarras
Los primeros días de septiembre de 1920 fueron especialmente intensos para los remeros de Ciérvana.
La tripulación venía de conseguir un importante triunfo y atravesaba uno de esos momentos en los que un pueblo entero podía sentirse representado por sus hombres de mar. El éxito había despertado entusiasmo y también nuevas expectativas: la posibilidad de acudir a San Sebastián para medirse con algunas de las mejores traineras del Cantábrico.
La intención de los ciervanatos era competir.
No había duda sobre ello.
Los propios remeros acudieron a la redacción de El Pueblo Vasco para explicar la situación y desmentir las informaciones que circulaban sobre una posible renuncia. No estaban desistiendo de participar. El problema era mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de resolver: no tenían trainera ni un juego de remos con los que poder disputar la regata.
La crónica transmite bien el esfuerzo realizado por aquellos hombres. Habían intentado encontrar una embarcación adecuada y unos remos, recorriendo, según la propia expresión del periódico, «un verdadero calvario» en busca del material necesario. Pero todos los intentos habían resultado inútiles.
Aun así, no se resignaron.
Al saber que en San Sebastián disponían de varias traineras, decidieron dirigirse directamente a la organización. El 30 de agosto de 1920, el patrón de Ciérvana, Zenón Acarregui, envió un telegrama al presidente de la Comisión de Festejos del Ayuntamiento donostiarra.
El mensaje era claro: la tripulación acudiría gustosamente a las regatas si se les proporcionaba una lancha y un juego de remos, precisamente aquello de lo que carecían.
Era la última posibilidad de estar en la línea de salida.
Pero la contestación no llegó.
Días después, Acarregui seguía esperando una respuesta que, según la información publicada, todavía no se había producido. La participación de Ciérvana en San Sebastián quedaba así prácticamente descartada.
Sin embargo, aquello no acabó con el interés de los remeros.
Al contrario.
Era tal su deseo de vivir aquellas regatas que decidieron viajar igualmente a San Sebastián, aunque fuera solamente como espectadores. El propio periódico subraya que querían acudir para conocer de cerca aquellas pruebas y presenciarlas personalmente.
Antes de partir, el 4 de septiembre, los tripulantes de Ciérvana asistieron en Begoña a una misa en acción de gracias por el triunfo conseguido días antes. Después tomaron el tren con destino a San Sebastián. El viaje tuvo además un detalle significativo: se les facilitaron billetes gratuitos gracias a la mediación del presidente del Consejo de Administración de los Ferrocarriles Vascongados.
Aquellos remeros que no habían podido conseguir una trainera para competir sí pudieron, al menos, viajar para estar presentes.
Y antes de llegar a San Sebastián, todavía recibieron un reconocimiento inesperado.
El patrón había manifestado su deseo de saludar a Alfonso XIII, conocido por su interés por los deportes náuticos. Gracias a la intervención de don Luis de Zavala, aquel encuentro llegó a producirse.
La crónica señala que el Rey conocía perfectamente las cualidades de los remeros de Ciérvana.
Y no se limitó a una felicitación protocolaria.
Alfonso XIII se fijó expresamente en su forma de remar y destacó la boga larga de la tripulación. Consideraba que aquella manera de bogar demostraba una gran flexibilidad de riñones y llegó a calificarla como «una boga ideal». Después felicitó a los remeros por su triunfo y les animó a conservar el puesto que habían alcanzado.
La impresión causada en aquellos hombres debió de ser enorme.
El periódico recoge que los jóvenes pescadores, profundamente emocionados por las palabras del monarca, respondieron con vivas entusiastas.
Pero quizá el episodio más humano de toda esta historia llegó ya en San Sebastián.
Ciérvana no estaba allí para competir.
No tenía trainera.
No tenía remos.
No figuraría en la clasificación.
Y, sin embargo, sus hombres no se limitaron a observar desde fuera.
La crónica publicada después de las regatas cuenta que, al llegar a San Sebastián, los remeros de Ciérvana fueron a visitar al histórico patrón donostiarra y una de las grandes figuras del remo vasco de finales del XIX y principios del XX el gran Quirico - ( Quirico nació en 1867 en Getaria, se trasladó de niño a San Sebastián y llegó a ser uno de los grandes patrones de la trainera donostiarra. Ganó cinco Banderas de La Concha para San Sebastián: 1891, 1892, 1894, 1918 y 1920.).
Y cuando Quirico y los suyos se disponían a botar su embarcación al agua, los remeros de Ciérvana se acercaron y les ayudaron en las faenas necesarias para echarla al agua.
El gesto tiene una fuerza especial.
Los hombres que habían recorrido tantos caminos intentando conseguir una trainera para poder competir fueron precisamente quienes, una vez en San Sebastián, ayudaron a otros remeros a preparar la suya.
Podían haberse quedado al margen.
Podían haber vivido la jornada con amargura.
Podían haberse limitado a recordar que ellos también querían estar en el agua.
Pero hicieron lo contrario.
Se acercaron a los donostiarras y colaboraron con ellos.
Y la crónica añade todavía algo más significativo.
Los remeros vizcaínos manifestaron que se sentían orgullosos de abrazar a sus rivales donostiarras y expresaron públicamente su deseo de mantener con ellos relaciones cordiales.
Ese abrazo merece un lugar importante en la historia.
Porque no era un gesto cualquiera.
Ciérvana acababa de quedarse fuera de una de las grandes citas del remo por una causa puramente material. No había sido derrotada en el agua. Simplemente no había podido competir.
Y, sin embargo, cuando llegó el momento de encontrarse con quienes sí iban a remar, aquellos hombres eligieron la cordialidad.
Eligieron ayudar.
Eligieron abrazar.
La rivalidad existía, naturalmente. El orgullo de cada puerto era enorme y el remo movilizaba pasiones intensas. Pero aquella escena demuestra que también existía respeto entre quienes compartían una misma cultura marinera.
Los remeros de Ciérvana no pudieron formar parte de la regata.
Pero sí formaron parte de aquella jornada.
Estuvieron allí.
Ayudaron a botar una trainera.
Saludaron a sus rivales.
Y quisieron dejar claro que deseaban mantener con ellos una relación de amistad y respeto.
Visto más de un siglo después, puede que ese gesto tenga tanto valor como algunos resultados deportivos.
Ciérvana había viajado a San Sebastián sin embarcación y sin posibilidad de competir. Pero llegó con algo que no necesitaba ni casco ni remos: el orgullo de representar a su pueblo y el respeto hacia quienes compartían con ellos la pasión por la mar y por las traineras.
Y quizá por eso aquellos primeros días de septiembre de 1920 merecen ser recordados.
No sólo por la regata que Ciérvana no pudo disputar.
También por el elogio de un Rey a su manera de bogar, por el esfuerzo de una tripulación que quiso estar allí hasta el último momento y, sobre todo, por aquella escena en San Sebastián en la que los hombres de Ciérvana ayudaron al gran Kiriko y terminaron abrazando a quienes podían haber sido sus rivales sobre el agua.
Fuentes consultadas
El Pueblo Vasco, 4 de septiembre de 1920. Explicación de los remeros de Ciérvana sobre la imposibilidad de participar en San Sebastián; telegrama de Zenón Acarregui; misa en Begoña y viaje en tren con billete facilitado gratuitamente.
El Pueblo Vasco, 5 de septiembre de 1920. Encuentro con Alfonso XIII y elogio de la boga larga de los remeros de Ciérvana.
El Pueblo Vasco, 7 de septiembre de 1920. Presencia de los remeros de Ciérvana en San Sebastián, visita al gran Kiriko, ayuda para botar la embarcación y abrazo con los remeros donostiarras.


