Septiembre de 1918 | El Abra de Bilbao. El Club Marítimo del Abra pone las reglas: así debía decidirse quiénes eran los mejores remeros del Cantábrico


En 1918, cuando las traineras seguían siendo embarcaciones de trabajo en numerosos puertos del Cantábrico, nació en Bilbao una idea verdaderamente singular.
No bastaba con organizar una regata y comprobar qué trainera llegaba antes.
Había una pregunta mucho más difícil de responder:
¿Ganaba la mejor embarcación o ganaban los mejores hombres?
Para intentar averiguarlo se ideó una competición extraordinaria. Los dos primeros clasificados tendrían que volver a enfrentarse unos días después, pero esta vez cambiándose las traineras.
Los hombres pasarían a remar en la embarcación de sus adversarios.
Y solamente después de aquella segunda prueba podría saberse quién había sido realmente el vencedor.
Una gran regata anual en el puerto de Bilbao
La iniciativa estaba patrocinada por la Excma. Diputación, entidades y distinguidas personalidades de Vizcaya, y era organizada por un comité que estableció un reglamento muy detallado.
Su primera disposición declaraba:
«Se celebrará anualmente en el puerto de Bilbao una regata de traineras construídas en España, empleadas en los puertos del Cantábrico para el servicio de la pesca.»
Este detalle resulta especialmente importante.
No se estaba pensando en embarcaciones creadas exclusivamente para competir. El reglamento quería traineras vinculadas realmente a la pesca.
Era, en buena medida, llevar a la competición las embarcaciones y los hombres procedentes del mundo marinero del Cantábrico.
Una sola trainera por cada puerto
La representación quedaba además limitada:
cada puerto podía concurrir con una única embarcación.
Las traineras no podían superar los 44 pies de eslora, medidos entre perpendiculares desde la parte más saliente de la proa hasta la parte más saliente del codaste, pieza estructural situada en la popa.
Y había otra condición destinada a garantizar la autenticidad pesquera de las participantes.
Cada trainera debía estar matriculada en la Ayudantía de su puerto con al menos seis meses de antelación y tenía que acreditarse mediante su rol que había estado prestando servicio de pesca durante todos esos meses.
Durante ese periodo tampoco podía sufrir modificaciones, salvo las necesarias para su conservación, limpieza y carena de los fondos, es decir, esto último, el mantenimiento de la parte sumergida del casco.
Para aquella primera edición de 1918, sin embargo, el propio reglamento establecía una excepción: ese requisito temporal no se aplicaría estrictamente y quedaría a juicio del jurado admitir o rechazar las embarcaciones presentadas.
Catorce hombres a bordo
También conocemos exactamente la composición de las tripulaciones:
13 remeros y un patrón.
El reglamento era minucioso incluso en la manera de remar. Cada remero solamente podía utilizar su propio remo y no se permitía colocar en proa ningún elemento destinado a apoyar el remo durante las viradas.
Además, las tripulaciones debían pertenecer precisamente a la Cofradía o Cofradías del puerto al que perteneciese la trainera.
Embarcación y hombres debían representar, por tanto, a una misma comunidad marinera.
Las traineras, en seco antes de competir
Cuatro horas antes, como mínimo, del comienzo de la prueba, todas las traineras debían encontrarse en seco, en las rampas del dique de Algorta.
Allí serían sometidas a medición e inspección para comprobar que reunían las condiciones establecidas por el reglamento y que podían recibir la aprobación del jurado.
Nada se quería dejar al azar.
Pero lo verdaderamente extraordinario todavía estaba por llegar.
Los dos primeros tendrían que volver a remar
La primera regata no decidiría completamente la victoria.
Las tripulaciones clasificadas en primer y segundo lugar pasarían a disputar los dos primeros premios en una segunda regata, que tendría lugar dentro de los siete días siguientes.
El recorrido sería idéntico.
Pero existía una condición excepcional:
cambiarían de embarcación.
La tripulación vencedora tendría que subir a la trainera de su rival.
Y la segunda clasificada remaría en la embarcación que había ganado la primera prueba.
Los únicos que quedaban fuera de aquel intercambio eran los remos, que continuaban siendo de libre elección.
Hombres contra hombres
La fórmula era extraordinariamente inteligente.
Los tiempos realizados por cada tripulación en las dos regatas se sumarían.
Después se adjudicaría el primer premio a la tripulación que hubiese completado el recorrido de ambas pruebas en el menor tiempo acumulado, quedando el segundo premio para la otra.elcorreo-not-19180911-003.pdf
Así se intentaba eliminar una de las discusiones que inevitablemente acompañaban a las regatas:
Ganaron porque llevaban mejor trainera.
Aquí ya no bastaría aquella explicación.
Si unos hombres vencían con su embarcación y después eran capaces de mantener su superioridad remando precisamente en la trainera de sus adversarios, su triunfo adquiría un significado completamente diferente.
Se quería medir al hombre.
Su fuerza.
Su coordinación.
Su capacidad para adaptarse a una embarcación distinta.
Y, naturalmente, la habilidad del patrón para gobernarla.
Las traineras quedarían bajo custodia
Había incluso precauciones para impedir cualquier intervención entre las dos pruebas.
Terminada la primera regata, las dos embarcaciones clasificadas quedarían a disposición del jurado hasta una hora antes del comienzo de la segunda.
Cada una de las dos tripulaciones nombraría además un representante plenamente autorizado que formaría parte del jurado, con voz y voto, en todo lo referente a la segunda regata.
El jurado resolvería las reclamaciones y protestas y sus decisiones no tendrían derecho a apelación.
5.000 pesetas para los mejores
La primera edición quedó fijada para el:
domingo 29 de septiembre de 1918, a las cinco de la tarde.
Los premios eran verdaderamente importantes:
Primer premio — 5.000 pesetas.
Segundo premio — 2.500 pesetas.
Tercer premio — 1.250 pesetas.
Las embarcaciones clasificadas en primer y segundo lugar disputarían posteriormente los dos premios mayores mediante aquella segunda confrontación.
Y el periódico ya dejaba señalada su fecha:
martes 1 de octubre de 1918, a las cinco de la tarde.
El Cantábrico iba a mandar a sus hombres
Todavía no tenemos en esta página los nombres de las traineras inscritas.
No conocemos sus patrones.
No conocemos a los remeros.
Ni siquiera sabemos todavía qué puertos aceptaron finalmente aquel desafío.
Pero el reglamento nos permite comprender perfectamente lo que se pretendía organizar.
Una trainera por puerto.
Una embarcación realmente dedicada a la pesca.
Trece remeros y un patrón pertenecientes a las cofradías de ese mismo puerto.
Y después, para los dos mejores, un último examen:
volver a enfrentarse remando en la trainera del contrario.
Resulta difícil imaginar una manera más rotunda de intentar responder a aquella vieja pregunta de las regatas.
¿Era la trainera?
¿Eran los remos?
¿Era el patrón?
¿O eran los hombres?
En septiembre de 1918, el Club Marítimo del Abra quiso averiguarlo sobre las aguas de Bilbao.
Y para hacerlo decidió algo tan sencillo como formidable:
que los mejores cambiaran de trainera y volvieran a remar.
Fuente consultada
El Noticiero Bilbaíno, septiembre de 1918.
En su edición del 11 de septiembre de 1918, el periódico publica el reglamento de una regata anual de traineras que habría de celebrarse en el puerto de Bilbao, patrocinada por la Diputación, entidades y personalidades de Vizcaya. La primera edición estaba anunciada para el 29 de septiembre de 1918. El reglamento establece, entre otras condiciones, una sola embarcación por puerto, traineras destinadas al servicio de pesca, un máximo de 44 pies de eslora, tripulaciones de 13 remeros y un patrón y premios de 5.000, 2.500 y 1.250 pesetas. Los dos primeros clasificados debían disputar posteriormente una segunda prueba sobre el mismo recorrido intercambiando sus embarcaciones, sumándose los tiempos de ambas regatas para determinar el vencedor definitivo.


