San Julián de Musques. Otoño de 1969
A finales de 1969, los vecinos de Muskiz vivieron con preocupación una noticia que afectaba a uno de los edificios más emblemáticos de la historia local. El tejado de la antigua iglesia de San Julián, considerada la iglesia matriz del concejo y uno de los templos más antiguos del valle, se había derrumbado parcialmente tras décadas de deterioro.
A primera vista podría parecer un episodio más dentro de la larga historia de los edificios religiosos. Sin embargo, detrás de aquel derrumbe se escondía una historia mucho más profunda: la lucha de todo un pueblo por conservar una parte esencial de su patrimonio histórico y espiritual.
La iglesia más antigua del valle
La parroquia de San Julián de Muskiz ocupa un lugar privilegiado en la historia de la comarca. Según recordaba el reportaje publicado en noviembre de 1969, se trataba de la iglesia matriz del antiguo Concejo de Muskiz y uno de los templos de mayor antigüedad del valle de Somorrostro.
Su relevancia histórica era extraordinaria. En su pila bautismal fueron bautizados miembros de la familia García de Salazar, uno de los linajes más importantes de la historia medieval vizcaína.
El templo había sido reedificado y ampliado durante el siglo XVI, adquiriendo gran parte de la configuración arquitectónica que mantuvo durante siglos. Durante generaciones fue el centro religioso de numerosos vecinos del valle y testigo de bautizos, matrimonios y funerales que forman parte de la memoria colectiva de Muskiz.

El origen de los problemas
Los problemas estructurales no eran recientes. El artículo explica que a comienzos del siglo XX comenzaron a aparecer importantes grietas en los muros del edificio.
Las causas no estaban completamente claras. Algunos las atribuían a la apertura de la carretera realizada en 1906, mientras que otros señalaban la influencia de los cipreses plantados junto al templo en 1916. Lo cierto es que los muros empezaron a resentirse progresivamente.
Con el paso de los años la situación fue empeorando.
Primero se desplomó el pórtico lateral izquierdo. Más tarde, en 1950, fue necesario construir un muro interior para asegurar la zona del coro y evitar males mayores. Aquella solución permitió conservar una parte de la iglesia, pero dejó inutilizado el resto del edificio por falta de recursos para acometer una restauración completa.
El esfuerzo de un pueblo
Lejos de resignarse, los vecinos continuaron mejorando la parte utilizable del templo.
El día de San José de 1969, apenas unos meses antes del derrumbe, se inauguraron importantes obras en el interior de la iglesia: un nuevo presbiterio, altar, ambón y diversas mejoras litúrgicas cuyo coste alcanzó las 400.000 pesetas. Lo más destacable es que la totalidad de la obra fue sufragada por los propios vecinos.
El periodista resaltaba un dato especialmente significativo: el barrio contaba entonces con apenas unos 200 habitantes. Aun así, fueron capaces de reunir la cantidad necesaria para mejorar su parroquia.
El derrumbe de San Fermín
La desgracia llegó el 7 de julio de 1969, festividad de San Fermín.
Aquel día los vecinos escucharon un fuerte estruendo. Parte del tejado de la zona abandonada se vino abajo. Afortunadamente, la sección restaurada y utilizada para el culto quedó intacta, por lo que no hubo daños personales ni se interrumpió la actividad parroquial.
Sin embargo, el aspecto del templo resultaba desolador. Los escombros acumulados y los restos inestables de la cubierta suponían un riesgo evidente y hacían imprescindible una intervención urgente.
Convertir las ruinas en una oportunidad
Lo más admirable de esta historia fue la reacción de la comunidad.
Lejos de considerar el derrumbe como el final de una parte de la iglesia, el párroco don Juan Carlos Amedo Ibarañón y los responsables diocesanos decidieron convertir la desgracia en una oportunidad.
Siguiendo las indicaciones del arquitecto diocesano don Pedro Ispizua, se planteó una solución ambiciosa: aprovechar la desaparición de la vieja cubierta para reorganizar el espacio interior y ampliar la superficie útil del templo.
El proyecto contemplaba retrasar el muro construido años antes y ganar aproximadamente 156 metros cuadrados de superficie. Sobre ese nuevo espacio se instalaría además un Centro Social, dotando al edificio de nuevas funciones para la vida comunitaria del barrio.
Más ricos en ilusiones que en dinero
La primera actuación consistía en retirar los escombros y asegurar los muros, una obra valorada en 130.000 pesetas. Sin embargo, el presupuesto global superaba las 700.000 pesetas, una cifra muy importante para la época.
La financiación se esperaba obtener mediante diversas vías: ayudas del Ministerio de la Vivienda, aportaciones del Obispado y una curiosa rifa nacional cuyo premio principal sería un automóvil SEAT 124, acompañado de frigoríficos y lavadoras automáticas.
El periodista J. Munitibar terminaba su reportaje con una frase que resume perfectamente el espíritu de aquellos vecinos:
«En Musques son millonarios de ilusiones».
Un símbolo que sobrevivió
Más de medio siglo después, aquella noticia permite comprender el profundo vínculo existente entre los habitantes de Muskiz y su patrimonio histórico.
La historia de San Julián no es solamente la historia de una iglesia dañada por el paso del tiempo. Es también la historia de varias generaciones que se negaron a dejar desaparecer uno de los edificios más representativos del valle.
Cuando el tejado se hundió en aquel verano de 1969, los vecinos no vieron únicamente unas ruinas. Vieron una oportunidad para continuar escribiendo la historia de un templo que llevaba siglos acompañando la vida de Muskiz.
Fuente consultada y agradecimiento documental: Artículo de J. Munitibar, «Musques: Se hundió el tejado de la iglesia de San Julián», publicado en El Correo Español-El Pueblo Vasco el 27 de noviembre de 1969. La consulta de esta noticia ha permitido recuperar información sobre la evolución y restauración de la histórica parroquia de San Julián de Muskiz.


