Ranes, una comunidad olvidada junto a la playa de la Arena

Una necrópolis entre el mar, los montes y el valle de Cardeo
En un rincón hoy profundamente transformado por la industria y por las obras del puerto exterior existió, hace más de mil años, un pequeño lugar habitado cuyos vecinos enterraban a sus muertos junto a una construcción de piedra.
Aquel lugar era conocido como la Cerrada de Ranes. Se encontraba en el valle de Cardeo, entre las elevaciones del Montaño y el Peñón, al sur, y las estribaciones de Punta Lucero, al norte. La playa de La Arena quedaba a unos quinientos metros, unida al terreno por un camino que los propios arqueólogos consideraron posiblemente antiguo.
No era un emplazamiento elegido al azar. El pequeño valle estaba protegido de los vientos, disponía de agua abundante y se encontraba muy cerca del mar. Según los testimonios que recogieron los investigadores entre los ancianos del lugar, las aguas marinas habrían penetrado antiguamente bastante más hacia el interior, aproximándose a la Cerrada de Ranes. La imagen que podemos reconstruir es, por tanto, la de un paraje húmedo y resguardado, con arroyos, tierras aprovechables, marismas cercanas y acceso directo a los recursos del litoral.
En aquel pequeño valle aparecieron los restos de una necrópolis, es decir, un lugar destinado a enterramientos. Alrededor de ella se encontraron también fragmentos de cerámica, tejas, restos de barro cocido y señales de muros. Por este motivo, los arqueólogos consideraron muy probable que el cementerio perteneciera a un poblado situado en sus inmediaciones, aunque sus viviendas no llegaron a identificarse con seguridad.
Ranes no sería, por tanto, solamente un cementerio aislado. Probablemente fue parte de un pequeño núcleo humano que vivió durante siglos en las cercanías de la costa.
El descubrimiento que estuvo a punto de perderse
La existencia del yacimiento se conocía desde poco antes de la Guerra Civil. En aquellos años se abrieron surcos profundos en la finca para plantar viñas. Al trabajar la tierra, los agricultores chocaron contra varias losas de piedra. Al levantarlas aparecieron huesos humanos, que fueron retirados y dispersados sin que pudiera realizarse ningún estudio.
La noticia llegó a Jesús Larrea, conservador del Museo Arqueológico y Etnográfico de Vizcaya, pero el estallido de la guerra impidió investigar el descubrimiento. Con el paso del tiempo, el hallazgo cayó prácticamente en el olvido.
No fue hasta finales de 1963 cuando Ernesto Nolte tuvo noticia nuevamente del lugar gracias a Eduardo Inchaurtieta. Se localizó a propietarios y testigos, y en 1964 se solicitó autorización a la Dirección General de Bellas Artes para efectuar una prospección arqueológica.
Los trabajos se prolongaron, con interrupciones, hasta 1966. Su finalidad principal no era todavía excavar completamente el yacimiento, sino confirmar su naturaleza y evitar que volviera a desaparecer de la memoria. Los resultados fueron publicados en 1967 por los arqueólogos Juan María Apellániz Castroviejo y Ernesto Nolte Arámburu.
Un yacimiento parcialmente destruido
Cuando comenzaron los trabajos arqueológicos, una parte de Ranes se encontraba relativamente protegida por una capa de arena fina de unos ochenta centímetros de espesor. Sin embargo, otras zonas habían sufrido importantes alteraciones.
Durante años se había cultivado la tierra, abierto zanjas y extraído arena. Estas operaciones removieron los materiales y destruyeron en buena medida la disposición original de los distintos niveles arqueológicos.
Este detalle es fundamental para comprender el estudio. Los arqueólogos encontraron objetos romanos y medievales, pero en muchas zonas aparecían mezclados. Por ello no siempre pudieron establecer con certeza qué tumba, muro u objeto pertenecía a cada época.
Ranes se convirtió así en una especie de libro cuyas páginas habían sido arrancadas y desordenadas. Era posible reconocer capítulos completos de su historia, pero no siempre colocarlos en su orden exacto.
Las sepulturas de Ranes
Las tumbas aparecieron principalmente al sur y al oeste de una construcción rectangular situada en el centro del área estudiada. También se encontró un enterramiento al norte.
Había diferentes formas de sepultura.
Las más sencillas consistían en una fosa abierta directamente en la tierra. Los dos enterramientos infantiles localizados pertenecían a este tipo. Los cuerpos habían sido depositados sin objetos personales ni ajuar funerario.
Las tumbas de adultos presentaban una construcción algo más elaborada. Algunas estaban delimitadas por piedras en los laterales; otras tenían pequeñas losas de caliza protegiendo la cabecera, los pies o las paredes de la fosa. Sobre ellas se colocaban grandes cubiertas de piedra.
La sepultura número 1 era una fosa rectangular ligeramente trapezoidal. Sus lados y pies estaban protegidos por losas, mientras que en la cabecera se había dispuesto una loseta acompañada de un pequeño semicírculo de piedras.
El cadáver se encontraba tumbado boca arriba, con la cabeza hacia el oeste y los pies hacia el este. Los brazos estaban cruzados sobre la pelvis y el rostro miraba hacia el norte. Sobre el pecho apareció una pequeña hoja de sílex, el único objeto encontrado dentro de una tumba. No se puede saber con seguridad si aquella pieza fue colocada intencionadamente junto al fallecido o si se encontraba accidentalmente entre la tierra.
La sepultura número 3 poseía una cubierta especialmente llamativa: un gran bloque de arenisca, ligeramente trapezoidal, con una depresión rectangular próxima a la cabecera. Los investigadores pensaron que aquel hueco podría haber servido para sujetar la piedra mediante algún tipo de grapa.
La mayoría de los enterramientos estaban dispuestos siguiendo el eje este-oeste, aunque no todos presentaban exactamente la misma orientación. En varios casos la cabeza estaba al oeste y los pies al este; en la sepultura número 3 sucedía al contrario.
La ausencia casi total de ajuares es importante. Aquellas personas no fueron enterradas con armas, monedas, joyas o recipientes. El rito funerario parece haber sido sencillo, basado principalmente en la colocación del cuerpo y en la protección de la tumba mediante piedras y losas.
Los niños de Ranes
Entre los enterramientos aparecieron al menos dos sepulturas infantiles. Ambas eran muy sencillas y consistían en fosas excavadas en tierra, sin construcciones importantes ni objetos acompañando a los cuerpos.
Uno de los niños fue enterrado cerca de unas hileras regulares de piedras que aparecieron bajo la capa de arena. Los investigadores pensaron que aquellas piedras podían corresponder al antiguo nivel del suelo por el que caminaban quienes utilizaron la necrópolis.
No parece que las hileras señalaran cada sepultura individual. Es posible que delimitaran espacios, caminos o zonas de circulación cuyo significado se había perdido ya cuando se realizó la excavación.
La presencia de enterramientos infantiles confirma que no se trataba de un cementerio reservado a guerreros, religiosos o miembros destacados. Allí se enterraba a personas de distintas edades, probablemente pertenecientes a una comunidad familiar establecida en las proximidades.
La misteriosa construcción central
En medio de la necrópolis aparecieron los cimientos de una habitación rectangular. Sus muros, de unos cuarenta centímetros de altura, estaban realizados con una mampostería sencilla e irregular, aunque las esquinas habían sido reforzadas con piedras calizas de mayor tamaño.
La construcción tuvo una cubierta de grandes tejas fabricadas a mano. Algunas eran curvas y otras casi planas, con un ligero reborde que recordaba a las antiguas tegulae romanas. Varias conservaban surcos ondulados trazados con los dedos sobre el barro antes de cocerlo.
En su interior no se encontró ninguna tumba, ni tampoco restos claros de altar o de otra instalación religiosa. Aparecieron fragmentos de hierro muy deteriorados: posibles restos de herraduras, clavos, una pequeña placa y algún objeto que podía recordar a una empuñadura.
En el lado oriental se encontraron clavos gruesos y posibles fragmentos de bisagras. Esto hizo pensar que allí existió una puerta fuertemente claveteada.
¿Qué era aquel edificio?
Los arqueólogos no pudieron determinarlo. Su proximidad a las tumbas permite pensar que tenía alguna relación con el cementerio, pero no existen pruebas suficientes para considerarlo una iglesia o una capilla funeraria. También pudo haber sido una dependencia utilizada por la comunidad, un pequeño edificio de servicio o una construcción anterior que acabó integrada en el espacio funerario.
Los autores del estudio se inclinaron a pensar que probablemente era medieval, aunque dejaron claro que se trataba de una posibilidad y no de una certeza.
Una ocupación romana anterior
Entre las tierras removidas aparecieron numerosos fragmentos de cerámica romana, dos pequeños trozos de vidrio irisado y otros materiales antiguos.
La cerámica estaba muy fragmentada y desgastada, pero permitió afirmar que en Ranes hubo presencia humana durante una fase tardía del mundo romano, en algún momento posterior al siglo IV después de Cristo.
No se pudo demostrar que las tumbas conservadas pertenecieran a aquella primera ocupación. Tampoco se pudo saber si sus habitantes eran cristianos. Los propios autores del estudio consideraron más probable que aquella población romana no lo fuera, aunque reconocían que las alteraciones sufridas por el terreno impedían llegar a conclusiones definitivas.
Lo importante es que Ranes parece haber sido utilizado en más de una época. Antes del cementerio medieval, el lugar ya había conocido una ocupación tardorromana. Quizá existió allí una pequeña explotación rural, un asentamiento costero o un núcleo relacionado con el aprovechamiento de la tierra y del mar.
No tenemos datos suficientes para describir aquella primera comunidad, pero los fragmentos cerámicos demuestran que el valle de Cardeo no era un espacio vacío tras la desaparición del Imperio romano.
La comunidad medieval
La etapa mejor representada parece corresponder a la Edad Media.
Aparecieron piezas de cerámica fina decoradas con surcos e incisiones oblicuas y paralelas, características aproximadamente del siglo IX. También se encontraron algunos fragmentos de cerámica vidriada que podían corresponder al siglo XIV.
Sin embargo, estos últimos restos eran muy escasos. Por ello, los investigadores advirtieron que no podía afirmarse con total seguridad que la necrópolis permaneciera en uso hasta después de aquella centuria.
Una de las cubiertas funerarias de Ranes fue comparada con las sepulturas de Argiñeta, en Elorrio. Allí se conserva un tipo de cubierta semejante acompañado de una inscripción fechada en el año 883. Esta similitud no permite fechar automáticamente la tumba de Ranes, pero sí ofrece una referencia aproximada que coincide con la cronología de la cerámica del siglo IX encontrada en el yacimiento.
Todo ello permite imaginar una comunidad medieval establecida en las cercanías del valle de Cardeo, posiblemente entre los siglos IX y XII, aunque el lugar pudo seguir siendo frecuentado o utilizado durante más tiempo.
La estela funeraria: la pieza más extraordinaria
El objeto más singular encontrado en Ranes fue una estela funeraria situada junto a la cabecera de la sepultura número 3.
Se trata de un bloque de arenisca de unos ochenta centímetros de altura. Su parte inferior, sin pulir, estaba preparada para ser introducida en la tierra. Las dos caras visibles habían sido trabajadas y decoradas.
En una de ellas aparecía una escena en relieve protagonizada por una figura humana vestida con una túnica larga. La composición parecía formar una especie de procesión. En la otra cara se habían grabado círculos, líneas, una cruz de tendencia latina, un aspa o cruz de san Andrés y otros motivos geométricos.
La estela había sufrido una transformación. En algún momento, la parte superior fue recortada para darle una forma semejante a una cruz, destruyendo parcialmente algunos de los dibujos anteriores. Los arqueólogos plantearon incluso la posibilidad de que la pieza hubiera pasado por varias etapas: primero como estela rectangular con decoración geométrica, después con figuras en relieve y, finalmente, convertida en una cruz.
La combinación de relieves humanos y signos geométricos la convertía en un objeto excepcional dentro del País Vasco.
Su estilo recordaba motivos conocidos en el mundo romano tardío, visigodo, prerrománico, merovingio y lombardo. Sin embargo, esto no significaba que hubiera sido importada. Los investigadores pensaban que probablemente se trataba de una obra local, realizada por un artesano indígena que había reproducido, de manera sencilla, modelos artísticos llegados de otros lugares.
El historiador del arte Helmut Schlunk propuso una cronología comprendida entre los siglos IX y XII. La estela constituía además la prueba más clara de la presencia de una comunidad cristiana en el Ranes medieval.
Una comunidad que vivía mirando al mar
Entre las tierras del yacimiento apareció una cantidad extraordinaria de restos de animales marinos: lapas, pequeños caracoles de mar, ostras, almejas, berberechos y mejillones.
También se encontraron restos de animales terrestres, entre ellos ovejas, bóvidos, équidos, ciervos y cerdos, además de caracoles terrestres.
Estos hallazgos no permiten reconstruir por sí solos toda la alimentación de los habitantes, ya que algunos restos pudieron acumularse en distintas épocas. Sin embargo, muestran una relación muy estrecha con el litoral.
La proximidad de la playa, las marismas y las zonas rocosas ofrecía marisco fácilmente accesible. Al mismo tiempo, el valle protegido y húmedo permitía mantener animales, cultivar pequeñas parcelas y disponer de agua.
Ranes pudo ser una comunidad de economía mixta: campesina y ganadera, pero también volcada hacia el mar. Sus habitantes probablemente conocían las mareas, recogían moluscos en las rocas y marismas, mantenían ganado y transitaban por un camino que comunicaba el valle con la playa y con otros núcleos de Somorrostro.
¿Qué fue realmente Ranes?
El estudio arqueológico permite afirmar algunas cosas con bastante seguridad:
Ranes fue una necrópolis, existió probablemente un poblado muy próximo y el lugar fue utilizado al menos durante dos grandes periodos: uno tardorromano y otro medieval.
También parece probable que varias tumbas, la estela funeraria y posiblemente la construcción central pertenezcan a la etapa medieval.
Lo que no puede asegurarse es que todas las sepulturas fueran de la misma época, que el edificio central fuese una iglesia o que el cementerio permaneciera continuamente activo desde el final del mundo romano hasta el siglo XIV.
La mezcla de materiales es consecuencia de la larga historia del terreno. Tras el abandono del poblado, la arena, la vegetación, los cultivos y la extracción de materiales fueron ocultando y alterando el yacimiento. Las tumbas acabaron bajo campos de labor y su recuerdo desapareció.
Por eso Ranes no debe interpretarse como una fotografía exacta de un único momento, sino como un lugar utilizado, abandonado, reutilizado y finalmente olvidado.
Una posible reconstrucción histórica
A partir de los datos disponibles, y dejando claro que se trata de una interpretación, podríamos imaginar la historia de Ranes de la siguiente manera.
Durante los últimos siglos del dominio romano existió en el valle de Cardeo algún tipo de asentamiento. Sus habitantes utilizaron cerámicas propias de la época tardorromana y aprovecharon un territorio bien comunicado, protegido y próximo al mar.
Con el paso de los siglos, aquel primer asentamiento desapareció o se transformó. En torno al siglo IX se estableció allí una comunidad medieval cristiana. Sus habitantes levantaron viviendas en las proximidades, fabricaron o utilizaron cerámicas decoradas con surcos y enterraron a sus muertos en fosas cubiertas con grandes piedras.
Junto al cementerio existía un pequeño edificio techado con tejas hechas a mano. No sabemos si fue capilla, almacén, dependencia comunitaria o construcción funeraria, pero debió mantener alguna relación con el espacio de enterramiento.
Uno de los sepulcros contó con una estela especialmente elaborada. En ella se mezclaron símbolos cristianos, motivos geométricos y figuras inspiradas en modelos artísticos que habían circulado por buena parte de Europa desde el final del mundo romano.
La comunidad vivía entre el campo y el mar. Recogía moluscos, criaba animales y aprovechaba las aguas y tierras del valle. Con el tiempo, el asentamiento y la necrópolis fueron abandonados. Quizá la población se trasladó hacia otros núcleos, quizá cambió la organización parroquial del territorio o quizá el lugar perdió importancia.
Siglos después, nadie recordaba ya con precisión quiénes habían vivido allí. Las tumbas permanecieron ocultas hasta que los surcos abiertos para plantar viñas devolvieron a la luz las losas y los huesos.
La importancia de Ranes
Ranes demuestra que el entorno de La Arena, Cardeo y Punta Lucero estuvo habitado mucho antes de las grandes transformaciones industriales contemporáneas.
Bajo aquellos terrenos no había solamente arena, huertas y caminos rurales. Existían las huellas de comunidades que vivieron el final del mundo romano y los primeros siglos de la Edad Media.
La necrópolis enlaza tres paisajes históricos: el territorio romano tardío, la sociedad medieval cristiana y el mundo rural que conservó la finca hasta el siglo XX.
La estela, las sepulturas, las tejas y los fragmentos de cerámica no nos cuentan los nombres de aquellas personas. Tampoco sabemos cómo llamaban ellos al lugar. Pero sí revelan que allí hubo familias, niños, adultos, trabajo, alimento, creencias y memoria.
Ranes es, en definitiva, el testimonio de una comunidad sin documentos escritos que, durante siglos, permaneció enterrada junto al camino de la playa.
Fuente principal: Apellániz Castroviejo, J. M. y Nolte Arámburu, E. (1967). La necrópolis y el poblado de Ranes (Abanto y Ciérvana, Vizcaya). Revista Munibe, Sociedad de Ciencias Naturales Aranzadi, XIX, pp. 299-314.


