top of page

Noviembre de 1888 | Ondárroa y Pasajes de San Pedro: 84 minutos de mar, orgullo y apenas 16 segundos para la historia

akalsuelme
28 ago
9 min de lectura
Monte Urgull, testigo de una jornada para la historia. En aquellas aguas de noviembre de 1888, las traineras de Ondárroa y Pasajes de San Pedro se acercaban a San Sebastián tras una larga lucha en la mar, acompañadas por los vapores que seguían el desafío. Desde Urgull y toda la costa, una multitud aguardaba la llegada. Tras 84 minutos de regata, apenas 16 segundos separaron a vencedores y vencidos. Una estampa recreada para devolvernos, por un instante, a aquellos días en que el orgullo de los pueblos marineros viajaba a golpe de remo.
Monte Urgull, testigo de una jornada para la historia. En aquellas aguas de noviembre de 1888, las traineras de Ondárroa y Pasajes de San Pedro se acercaban a San Sebastián tras una larga lucha en la mar, acompañadas por los vapores que seguían el desafío. Desde Urgull y toda la costa, una multitud aguardaba la llegada. Tras 84 minutos de regata, apenas 16 segundos separaron a vencedores y vencidos. Una estampa recreada para devolvernos, por un instante, a aquellos días en que el orgullo de los pueblos marineros viajaba a golpe de remo.

Hay historias que no empiezan cuando se da la salida.

Empiezan mucho antes, cuando dos pueblos deciden medirse, cuando se escogen los hombres, cuando se prueban las embarcaciones, cuando se buscan los mejores remos y cuando, de puerto en puerto, comienza a correr la noticia de que se prepara un desafío.

Así ocurrió en el otoño de 1888.

A un lado estaba Ondárroa, uno de los grandes pueblos pescadores de la costa vizcaína.

Al otro, Pasajes de San Pedro, comunidad marinera guipuzcoana acostumbrada, como la primera, a que buena parte de su vida dependiera de la mar.

No iban a enfrentarse en una pequeña prueba dentro de un puerto. El desafío que estaban preparando tendría por escenario la propia costa, desde Guetaria hasta San Sebastián.

Y durante varias semanas, Vizcaya y Guipúzcoa estuvieron pendientes de aquellos hombres.


Dos pueblos preparan el desafío

Las primeras noticias aparecen a comienzos de noviembre.

Dos traineras habían llegado a Ondárroa destinadas expresamente al «concertado regateo» entre los remeros de aquel puerto y los de Pasajes de San Pedro.

El enfrentamiento, por tanto, estaba decidido.

Y hay un detalle extraordinario que permite comprender con qué seriedad se preparaban ya estas competiciones.

Las dos traineras quedaron en poder de los pasaitarras para que pudieran probarlas.

Durante seis jornadas tendrían ocasión de salir a la mar con ellas y conocer sus «condiciones marineras».

Antes de competir había que sentir la embarcación, descubrir cómo respondía, cómo navegaba y cómo se comportaba sobre el agua.

Después de aquellas pruebas, según señalaba la información publicada, las traineras debían ser entregadas nuevamente en Guernica.

Pero no solamente se preparaban las embarcaciones.

También los remos.

Los hombres de Pasajes se desplazaron hasta el muelle de Bilbao, donde estuvieron escogiendo una partida de remos para llevárselos y realizar con ellos las correspondientes pruebas.

Es una pequeña escena de 1888 que resulta sorprendentemente moderna: probar las traineras, seleccionar el material, ensayar los remos y preparar durante días un desafío que ya despertaba una enorme expectación.

El propio periódico lo dejó escrito: era «muy grande el interés» que aquel regateo despertaba entre los pueblos de las costas vizcaína y guipuzcoana.

Todavía faltaban días para la carrera.

Pero el desafío ya había comenzado.


De Guetaria a San Sebastián

Cuando llegó el 24 de noviembre, ya no había tiempo para más preparativos.

Al día siguiente, domingo 25 de noviembre de 1888, Ondárroa y Pasajes de San Pedro se enfrentarían finalmente.

Y entonces se conocieron con claridad las dimensiones del reto.

La salida estaría en Guetaria.

La llegada, en San Sebastián.

No habría unas pocas ciabogas frente a un muelle ni una carrera encerrada entre balizas. Aquellos hombres iban a disputar un verdadero desafío costero, con el Cantábrico como campo de regatas.

Una información previa señalaba que cada trainera llevaría nueve tripulantes remeros.

Pero el periódico que posteriormente narró el desafío publicó una relación más extensa de hombres vinculados a ambas tripulaciones. Como ambas informaciones proceden de las propias fuentes, conviene conservarlas sin intentar corregirlas desde el presente.

Porque, afortunadamente, esta vez sus nombres quedaron escritos.


Los hombres de Ondárroa

Al frente de la representación ondarresa figuraba como patrón:

Luis Urresti.

Y la relación publicada por el periódico recoge a:

José Osa, José Olarriaga, Fernando Arriola, José Félix Urresti, Agapito Arriola, Adrián Badiola, León Badiola, Pablo Aguirre, Pedro Arriaga, Severo Arrizabalaga y Juan Arrizabalaga.

Son nombres que merecen permanecer.

Porque detrás de las palabras Ondárroa venció hubo hombres acostumbrados a una costa en la que remar no había nacido como deporte, sino como parte de una forma de vivir.

Los hombres de Pasajes de San Pedro

Por Pasajes figuraba como patrón:

Valentín Sarria.

Y junto a él aparecen:

Saturnino Goicoechea, José León Larreandi, Leandro Arcilla, Hilario Bunazategui, Agustín Inchausti, Juan José Olaciregui, Fermín Echeverría, Ignacio Echeveste, Vicente Sarriartegui Corta, Lucas Iturralde y Agustín Otaz.

También ellos merecen quedar escritos uno por uno.

Porque si aquella jornada terminó engrandeciendo a Ondárroa, la propia crónica quiso dejar muy claro que Pasajes salió igualmente honrado de aquellas aguas.

Los jueces también tenían nombre

Hasta ese detalle conserva la documentación.

Por Ondárroa figuraba como juez Pedro José Celaya.

Por Pasajes, Fermín Aspiazu.

Y como tercero actuaba el cabo de mar Antonio Arambarri.

En la llegada estaban Enrique Nafarrate, por Ondárroa; Ignacio María Arana, por Pasajes; y como tercero, el cabo de mar Joaquín Goñi.

Todo estaba preparado para que el desafío se resolviera sobre la mar.


Guetaria despierta esperando a los pasaitarras

El enviado de El Noticiero Bilbaíno había llegado a Guetaria la noche anterior.

Allí se encontraba ya la expedición de Ondárroa, cuyos hombres estaban alojados en la fonda de Elcano.

La mañana del domingo comenzó, sin embargo, con cierta inquietud.

Eran las nueve y los hombres de Pasajes todavía no habían aparecido.

Mientras tanto, los muelles de Guetaria estaban abarrotados y las dos traineras continuaban esperando en seco.

Hasta que, hacia las nueve y media, apareció finalmente el vapor que transportaba a los pasaitarras.

Antes de las diez estaban allí.

Ya estaban los dos pueblos.

Ya estaban las dos traineras.

Había llegado la hora.


Ondárroa escoge «ir por fuera»

Se realizó entonces el sorteo de las posiciones.

La suerte correspondió a Ondárroa, que escogió «ir por fuera».

Los jueces salieron para situar las embarcaciones y, después de las diez, llegó también desde Bilbao el remolcador Auxiliar, ocupado por socios del Club Náutico.

Todo estaba dispuesto.

Dos disparos constituían la señal convenida.

Sonaron los tiros.

Y las traineras comenzaron a remar hacia San Sebastián.


Más de 30.000 duros detrás de aquellas paladas

Pero dentro de aquellas dos embarcaciones no viajaban únicamente unos hombres.

Sobre ellos pesaba una expectación enorme.

Las apuestas, según había publicado el periódico en vísperas de la regata, superaban los 30.000 duros.

Más de 150.000 pesetas de la época comprometidas alrededor de un desafío de traineras.

La cifra ayuda a comprender hasta dónde había llegado la rivalidad.

Desde Bilbao y San Sebastián se habían anunciado vapores y otras embarcaciones para acudir a presenciar la prueba.

Aquello ya no pertenecía solamente a Ondárroa y Pasajes.

La costa estaba pendiente.

Había apuestas y dinero, naturalmente.

Pero había algo que seguramente pesaba todavía más:

el nombre del pueblo que cada tripulación llevaba consigo.


Un «tiempo bellísimo» sobre una mar rizada

La jornada acompañaba.

La crónica habla de un «tiempo bellísimo», aunque la superficie de la mar estaba rizada.

Para poder distinguirlo, el patrón de Ondárroa llevaba camiseta encarnada.

Durante aproximadamente el primer cuarto de hora, ninguna de las dos traineras consiguió imponer claramente su ley.

Navegaban prácticamente en líneas paralelas.

Parecía que nadie quería ceder.

Hasta que Ondárroa empezó poco a poco a ganar metros.

Primero fueron unos pocos.

Después algunos más.

La ventaja llegó a alcanzar aproximadamente veinte lanchas.

Por momentos debió de parecer que el desafío empezaba a romperse.

Pero Pasajes no estaba dispuesto a desaparecer de aquella regata.

Pasajes vuelve

Los guipuzcoanos reaccionaron.

Según explica la crónica, tenían además que luchar contra la posición menos favorable que les había correspondido frente a la elegida por Ondárroa.

Y comenzaron a recuperar terreno.

Palada a palada.

Metro a metro.

La distancia fue disminuyendo.

Al pasar frente a Santa Clara, Ondárroa todavía conservaba una ventaja que parecía suficiente.

Pero los pasaitarras continuaban acercándose.

Cuando había transcurrido alrededor de una hora de regata, la trainera vizcaína seguía delante, aunque la crónica advertía que la distancia era ya corta y «disminuía incesantemente».

Después de tantos días de preparación, después de tantos remos probados y de tantas apuestas cruzadas, el desafío volvía a estar abierto.

Y delante esperaba San Sebastián.


Toda una costa esperando

Mientras aquellos hombres luchaban sobre la mar, en tierra se estaba produciendo otra escena extraordinaria.

La llegada había reunido a una multitud.

Las laderas de Urgull aparecían cubiertas de espectadores.

Había gente en la isla de Santa Clara, en Monte Frío, junto al faro de Igueldo y a lo largo del camino de circunvalación.

Y no habían acudido solamente donostiarras.

La crónica menciona expresamente personas llegadas desde Rentería, Lezo, Irún y Fuenterrabía.

Hombres y mujeres de diferentes clases sociales buscaban cualquier lugar desde el que pudiera divisarse la mar.

Los anteojos pasaban de unas manos a otras.

Desde las once de la mañana, entre la bruma, los espectadores intentaban descubrir algo en el horizonte.

Primero apareció el humo de un vapor.

Después pudieron distinguirse más.

Hasta formar una pequeña escuadrilla de siete vapores.

Y finalmente, detrás de aquella expectación que avanzaba sobre el agua, aparecieron las traineras.


¿Quién viene delante?

Durante unos instantes, desde tierra no se podía saber con certeza.

La gente miraba.

Preguntaba.

Los anteojos cambiaban de dueño.

Los vapores se aproximaban y las dos embarcaciones empezaban a distinguirse mejor.

Hasta que por fin pudo comprobarse:

la trainera que venía delante era la de Ondárroa.

Pero Pasajes seguía acercándose.

Frente a Igueldo la diferencia podía apreciarse ya con claridad.

Los pasaitarras continuaban recortando.

Ondárroa tenía la victoria delante.

Pasajes todavía quería arrebatársela.

Y entonces ocurrió aquello que convirtió la regata en una de esas historias que más de un siglo después todavía merece la pena contar.

Se terminó la mar antes de que se terminara la lucha.


84 minutos. Dieciséis segundos.

Después de 84 minutos de regata, Ondárroa alcanzó la llegada.

Pasajes entró detrás.

La diferencia entre ambas traineras fue de apenas:

16 segundos.

Nada más.

Después de una travesía entre Guetaria y San Sebastián.

Después de una hora y veinticuatro minutos de esfuerzo.

Después de haber llegado Ondárroa a disponer de una ventaja considerable.

Después de la formidable remontada de Pasajes.

Dieciséis segundos separaron a los vencedores de los vencidos.

Ondárroa había ganado.

Pero aquella tarde hubo algo más grande que un vencedor.


«¡Viva Ondárroa! ¡Viva Pasajes!»

La crónica podía haber terminado celebrando a quien había llegado primero.

No lo hizo.

Quien narró aquella jornada quiso reconocer también a quienes habían llegado dieciséis segundos después.

Y dejó escrito:

«Bien se han portado vencedores y vencidos. Un aplauso para todos.»

Después llegaron dos vivas que, puestos uno junto al otro, resumen quizá mejor que cualquier explicación el espíritu con el que terminó aquella jornada:

«¡Viva Ondárroa!
¡Viva Pasajes!»

Y todavía hubo más.

La misma página recogió una suscripción en favor de los tripulantes de Pasajes, recordando expresamente que habían sido derrotados por solamente dieciséis segundos en una carrera de 84 minutos.

La encabezaban unas palabras que han sobrevivido desde 1888:

«Gloria a los vencedores. Honor a los vencidos.»


Aquellos hombres

Han pasado más de ciento treinta años.

Ya no podemos escuchar los dos disparos que dieron la salida en Guetaria.

No podemos contemplar desde Urgull a la gente buscando las traineras con sus anteojos, ni ver aparecer entre la bruma los primeros humos de los vapores.

Tampoco podemos oír el golpe acompasado de aquellos remos acercándose a San Sebastián.

Pero quedan los nombres.

Queda Luis Urresti.

Queda Valentín Sarria.

Quedan José Osa, José Olarriaga, Fernando Arriola, José Félix Urresti, Agapito Arriola, Adrián y León Badiola, Pablo Aguirre, Pedro Arriaga, Severo y Juan Arrizabalaga.

Y quedan Saturnino Goicoechea, José León Larreandi, Leandro Arcilla, Hilario Bunazategui, Agustín Inchausti, Juan José Olaciregui, Fermín Echeverría, Ignacio Echeveste, Vicente Sarriartegui Corta, Lucas Iturralde y Agustín Otaz.

Quedan también los jueces que certificaron aquel desafío.

Y quedan los pueblos.

Ondárroa. Pasajes de San Pedro. Guetaria. San Sebastián. Rentería. Lezo. Irún. Fuenterrabía. Bilbao.

Nombres unidos durante unas horas por una regata.


Cuando una trainera llevaba dentro a todo un pueblo

Quizá ahí esté la verdadera belleza de estos documentos.

En 1888, la trainera permanecía profundamente ligada a la vida marinera. Eran años en los que el remo, la pesca, la construcción de las embarcaciones y la experiencia adquirida trabajando sobre el Cantábrico pertenecían todavía al mismo mundo.

Pero alrededor de aquellas embarcaciones estaba creciendo algo nuevo.

La competición.

El desafío.

La afición.

El orgullo de representar a un puerto.

Las multitudes buscando un lugar desde el que mirar.

Los vapores cargados de espectadores.

Y la necesidad de saber qué pueblo tenía los hombres capaces de hacer correr más una trainera.

El 25 de noviembre de 1888, Ondárroa ganó.

Pasajes perdió por dieciséis segundos.

Pero la propia gente de entonces pareció comprender que reducir aquella jornada simplemente a vencedores y vencidos habría sido demasiado pobre.

Por eso aquellas palabras continúan siendo el mejor homenaje posible a todos ellos:

Gloria a los vencedores.
Honor a los vencidos.

Porque antes de convertirse en historia del deporte, aquello había sido historia de hombres.

Hombres de la mar.


Fuentes consultadas

El Noticiero Bilbaíno, noviembre de 1888. Diversas informaciones publicadas durante aquel mes permiten reconstruir los preparativos y el desarrollo del desafío entre los remeros de Ondárroa y Pasajes de San Pedro: llegada y prueba de las traineras, selección de remos en Bilbao, expectación despertada en las costas vizcaína y guipuzcoana, recorrido entre Guetaria y San Sebastián, apuestas superiores a 30.000 duros, desplazamiento de embarcaciones con espectadores, composición publicada de ambas expediciones, jueces, desarrollo de la prueba y victoria de Ondárroa el 25 de noviembre de 1888, después de 84 minutos de regata y con solamente 16 segundos de diferencia sobre Pasajes.

Nota editorial: en las referencias documentales y en las citas se respeta la grafía original empleada por las fuentes históricas para los nombres de municipios, localidades y otros topónimos.

bottom of page