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Memoria periodística del legado de Murrieta y San Román de Ciérbana

akalsuelme
10 jul
8 min de lectura
 Recreación del barrio de Cardeo de Zierbena, cuna Francisco Murrieta y la Torre hacia 1850
Recreación del barrio de Cardeo de Zierbena, cuna Francisco Murrieta y la Torre hacia 1850

La historia de la iglesia de San Román de Ciérbana no fue una simple queja vecinal ni una noticia aislada de la prensa. Fue un episodio que se fue alargando durante años y que dejó al descubierto varias heridas de la vida local: la dificultad de cumplir una voluntad testamentaria, las consecuencias de la guerra, las responsabilidades compartidas entre concejo y municipio, y la espera de un pueblo que seguía sin un templo parroquial digno.


Vista en conjunto, la historia puede resumirse así: hubo un legado, hubo dinero, hubo planos, hubo autorización para levantar una nueva iglesia, pero la obra se detuvo primero por decisiones municipales y después por el uso de parte de los fondos durante la guerra civil. Años más tarde, la iglesia seguía sin construirse y la prensa bilbaína convirtió el caso en ejemplo de voluntad testamentaria incumplida.


Cronología general del acontecimiento

20 de diciembre de 1864 — El testamento de Francisco de Murrieta

Según el comunicado publicado en 1880, D. Francisco de Murrieta y la Torre, natural de Ciérbana, otorgó testamento en Buenos Aires el 20 de diciembre de 1864. En una de sus cláusulas dispuso que se entregasen al concejo de Ciérbana diez mil pesos fuertes para construir una iglesia.

El testador señaló dos posibles emplazamientos: el campo de San Román o Cardeo. La elección quedaba en manos del vecindario, que más tarde se inclinó mayoritariamente por San Román, donde estaba la antigua iglesia.


7 de octubre de 1867 — El Ayuntamiento acepta el legado

El Ayuntamiento de Abanto y Ciérbana aceptó el legado y nombró una comisión para recibir el dinero y gestionar la futura construcción. Los fondos fueron depositados en el Banco de Bilbao, como lugar seguro, para poder atender los pagos de la obra cuando llegase el momento.

Este punto es importante porque demuestra que la iglesia no fue solo una intención piadosa: hubo una aceptación formal, una comisión y un depósito económico.

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Antes de 1870 — Planos de Garrastachu y autorización eclesiástica

La comisión encargó al arquitecto bilbaíno D. Miguel de Garrastachu los planos y condiciones de la nueva iglesia. Garrastachu examinó la iglesia vieja y consideró que estaba en mal estado, que no tenía valor artístico o monumental suficiente y que sus condiciones eran poco higiénicas.

Con aquel informe, el Obispo autorizó el derribo de la antigua iglesia y permitió que, mientras se realizaban las obras, la ermita de San Roque sirviera provisionalmente como parroquia.

En este momento todo parecía encaminado: dinero, planos, lugar elegido y autorización religiosa. La iglesia de San Román existía ya, al menos, en los papeles.


Marzo de 1870 — El remate frustrado de las obras

El remate de las obras estaba señalado para marzo de 1870. Sin embargo, según el comunicado de el cura de Ciérbana Victoriano de Ortúzar y la Torre, en el momento de celebrarse, el alcalde D. Agapito Sasia y los regidores de Ciérbana D. Juan Romañaz y D. Ramón de Menchaca se negaron a autorizarlo.

El firmante afirmaba desconocer una causa legítima para aquella negativa. La comisión, al parecer, no tenía facultades para acudir a los tribunales, por lo que el proyecto quedó detenido.


La guerra civil — El uso de parte del legado

Poco después llegó la guerra. El concejo de Ciérbana, como otros pueblos, tuvo que hacer frente a cargas y contribuciones derivadas del conflicto. Según las explicaciones publicadas, se convocó al vecindario en junta general y se aceptó utilizar parte del dinero dejado por Murrieta para pagar aquellas necesidades.

La cantidad empleada se calculaba en torno a cinco mil duros, con el compromiso de devolverla cuando se retomara la construcción de la iglesia.

Aquí está el nudo principal del conflicto: el dinero no había sido dejado para la guerra, sino para una iglesia. Aunque el uso se justificara por una situación de necesidad, el problema fue que después no se repuso.


1 y 3 de diciembre de 1880 — Victoriano de Ortúzar explica el caso

El 1 de diciembre de 1880, desde Ciérbana, Victoriano de Ortúzar y la Torre firmó un comunicado que El Noticiero Bilbaíno publicó el 3 de diciembre. Su objetivo era responder a una anterior “Pregunta sesgada” y hacer luz sobre el destino del legado.

Este comunicado es una pieza fundamental porque ofrece la primera reconstrucción ordenada del asunto: testamento, aceptación del legado, depósito en el Banco de Bilbao, elección de San Román, planos de Garrastachu, autorización del Obispo, remate frustrado y uso del dinero durante la guerra.

También señala que, hacia finales de 1880, el Ayuntamiento presidido por D. Juan Ángel de Allende parecía haber empezado a mostrar interés en reactivar el cumplimiento de la voluntad de Murrieta.


4 de diciembre de 1880 — El Noticiero resume la explicación

Al día siguiente, El Noticiero Bilbaíno publicó un comentario titulado “La explicación del señor cura de Ciérbana”. El periódico resumía el caso con un tono crítico: un hijo de Ciérbana había dejado dinero para levantar una iglesia necesaria, pero la obra se había retrasado, el dinero se había usado durante la guerra y el legado seguía sin reponerse.

La frase más expresiva es la idea de que aquel legado, que debía ser un depósito sagrado, continuaba convertido en bonos de raciones. Para el periódico, no era solo un retraso administrativo, sino una falta grave contra la voluntad del benefactor.


15 de diciembre de 1880 — “Lo de Ciérbana” y la responsabilidad local

El 15 de diciembre de 1880, el periódico volvió sobre el asunto con el artículo “Lo de Ciérbana”. Esta noticia matiza la responsabilidad. Abanto y Ciérbana formaban un solo municipio, compuesto por tres concejos o feligresías:

Abanto de Suso o San Pedro, Abanto de Yuso o Santa Juliana y Ciérbana o San Román.

Según esta explicación, durante la guerra se impuso una contribución a cada feligresía. San Pedro y Santa Juliana recurrieron al bolsillo de sus vecinos. Ciérbana, en cambio, recurrió a los fondos dejados por los Murrieta. El periódico no quiso profundizar más en aquella “irregularidad”, pero pidió que el vecindario repusiera lo utilizado y que el Ayuntamiento hiciera cuanto estuviera en su mano para lograrlo.


16 de marzo de 1882 — La iglesia que no se veía desde Serantes

En la noticia de 1882, el periódico recordaba el legado de Francisco de Murrieta y la Torre, natural de Ciérbana. Sabemos por la explicación publicada en 1880 que había otorgado testamento en Buenos Aires el 20 de diciembre de 1864, bajo el cual falleció en aquella ciudad, según esa noticia, había dejado una importante cantidad para construir la iglesia y sostener el culto y el clero en Ciérbana.

La parte más memorable fue la “Carta sesgada”. Su autor contaba que había subido al Serantes esperando ver desde allí la nueva iglesia de San Román, que imaginaba ya levantada conforme a los planos de Garrastachu. Pero no vio nada. La iglesia seguía sin existir.

La carta añadía una escena casi popular: unos muchachos le explicaban que la iglesia vieja había sido derribada para hacer una nueva, pero que la nueva no se había hecho porque, según decían, no había dinero suficiente. La ironía de las dos liebres servía para expresar la sensación de que el dinero destinado a San Román había tomado otro camino.


22 de febrero de 1883 — “Las mandas piadosas”

Casi un año después, el periódico volvió al asunto con un tono más severo en el artículo “Las mandas piadosas”. Ya no se trataba solo de una iglesia que no se veía desde el Serantes, sino de un pueblo con unas cien familias obligado a celebrar el culto en una capilla tan pequeña que apenas podía acoger decorosamente a una cuarta parte del vecindario.

Esta noticia presenta el legado de los Murrieta como una cantidad más amplia, veinte mil duros, dividida en dos mitades: una para la reedificación de la iglesia y otra para el sostenimiento perpetuo del culto y clero. Según el razonamiento del periódico, al haberse usado durante la guerra una parte del dinero, se terminó considerando que lo gastado correspondía precisamente a la parte de la iglesia. Así, quedaban fondos para el culto, pero no suficientes para levantar el templo.

El periódico convirtió el caso de San Román en ejemplo de algo más general: el peligro de no cumplir las mandas piadosas y de desanimar a otros benefactores a dejar bienes para sus pueblos.


Resumen interpretativo

La secuencia completa deja una impresión clara: la iglesia de San Román no faltó por falta de voluntad inicial ni por ausencia de medios. Faltó porque una obra que estaba preparada se detuvo en el momento del remate, y porque después la guerra abrió una herida económica que no se cerró a tiempo.

El dinero de Murrieta representaba algo más que una cantidad. Era una voluntad enviada desde la emigración, desde Buenos Aires, por un hijo de Ciérbana que quiso dejar memoria en su pueblo natal. En torno a ese legado se mezclaron la devoción religiosa, el orgullo local, la necesidad de un templo digno, las urgencias de la guerra y las responsabilidades del vecindario y del Ayuntamiento.

La prensa fue endureciendo su mirada. En 1880, buscó explicaciones. En 1882, mostró la ausencia con una imagen poderosa: alguien sube al Serantes y no ve la iglesia prometida. En 1883, elevó el caso a denuncia moral: unas cien familias seguían sin parroquia digna, mientras la manda de los Murrieta continuaba sin cumplirse plenamente.


Puntos que conviene dejar abiertos

Hay una cuestión de cifras que debe mantenerse con prudencia. En el comunicado de 1880 se habla de diez mil pesos fuertes destinados a construir la iglesia. En noticias posteriores aparece la referencia a veinte mil duros, relacionados con la iglesia y con el sostenimiento del culto y clero.

No conviene forzar una explicación definitiva sin documentación testamentaria completa. Puede tratarse de una diferencia entre la parte estrictamente destinada a la construcción y una referencia posterior más amplia al conjunto del legado. También puede haber imprecisiones periodísticas. Lo más honesto es conservar ambas cifras y explicar de dónde procede cada una.

También queda abierta la identificación exacta de los benefactores. Algunas noticias mencionan expresamente a Francisco de Murrieta y la Torre; otras hablan de los Sres. Murrieta o de los hermanos Murrieta. Hasta localizar nuevos documentos, conviene mantener esa diferencia.


Conclusión

La historia del legado de Murrieta y de la iglesia pendiente de San Román de Ciérbana es la historia de una voluntad que tardó en hacerse piedra. Durante años, el pueblo tuvo planos, dinero y derecho moral a una iglesia nueva, pero siguió esperando.

Primero fue una obra detenida. Después, un legado usado en tiempos de guerra. Más tarde, una deuda pendiente. Y finalmente, una ausencia visible desde el Serantes: la iglesia que debía estar allí y que todavía no se veía.

En esa ausencia se resumía todo: la memoria de un benefactor, la espera de un pueblo y la dificultad de convertir una promesa en realidad.


Fuentes consultadas

El Noticiero Bilbaíno, comunicado firmado por Victoriano de Ortúzar y la Torre, Ciérbana, 1 de diciembre de 1880, publicado en Bilbao el 3 de diciembre de 1880.


El Noticiero Bilbaíno, “La explicación del señor cura de Ciérbana”, Bilbao, 4 de diciembre de 1880.


El Noticiero Bilbaíno, “Lo de Ciérbana”, Bilbao, 15 de diciembre de 1880.


El Noticiero Bilbaíno, año VIII, núm. 2.408, jueves 16 de marzo de 1882, artículo introductorio sobre el legado de Francisco de Murrieta y la Torre y continuación titulada “Carta sesgada”.


El Noticiero Bilbaíno, “Las mandas piadosas”, Bilbao, 22 de febrero de 1883.


Nota sobre la toponimia: Se conserva la forma histórica Ciérbana, tal como aparece en la prensa de la época. Actualmente, el municipio se denomina Zierbena.

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