Mayo de 1913 | Por los pescadores: De Lequeitio, Ondárroa y Bermeo ante los nuevos tiempos de la pesca

A veces una página de periódico nos permite contemplar algo más que un acontecimiento concreto. Nos deja asomarnos durante unos minutos a la vida cotidiana de toda una costa.
Eso ocurre en mayo de 1913.
Desde Lequeitio, don Santiago Anduiza, vocal de la Junta de la Liga Española Marítima, remitía una extensa reflexión sobre el «Fomento y seguridad de la pesca marítima». Y al hacerlo describía lo que estaba viendo aquellos mismos días: decenas de pequeñas embarcaciones saliendo a por la anchoa, vapores pesqueros, traineras y potines, muchachos embarcados con sus padres y pescadores que podían pasar una noche entera en la mar para regresar al día siguiente.
Es una fotografía escrita del mundo pesquero vasco de hace más de un siglo.
Cincuenta embarcaciones saliendo de Lequeitio
Anduiza comienza contando algo que presenciaba personalmente:
«En todos estos días estoy viendo cómo salen de este puerto de Lequeitio unas cincuenta embarcaciones»
Salían aproximadamente a las seis de la tarde, dedicadas a la pesca de la anchoa.
Y esas cincuenta embarcaciones no incluían a los vapores, que trabajaban durante el día en la misma pesca.
Las pequeñas embarcaciones pasaban toda la noche con las redes y regresaban al día siguiente aproximadamente a las seis o siete de la mañana.
Cuando la pesca acompañaba, escribe Anduiza, podían obtener «bonitas ganancias», entre otras razones porque no necesitaban utilizar raba o cebo.
Traineras, potines y embarcaciones de apenas 15 o 20 pies
Para nuestra recopilación hay un párrafo particularmente valioso.
El autor explica de qué tipo eran aquellas embarcaciones:
"Estas embarcaciones se componen de traineras y potines estas últimas pequeñas embarcaciones , generalmente pequeños de unos 15 ó 20 pies de largo tripuladas unicamente por dos o tres personas"
Aquí la trainera aparece donde nació históricamente nuestra historia: en el trabajo.
No hay banderas, premios ni cronómetros.
Son embarcaciones que salen de noche a buscar la anchoa.
Y la descripción añade un detalle humano formidable: muchas iban tripuladas por dos o tres hombres, e incluso podía ir «un padre con dos hijos de doce á quince años».
Es difícil imaginar una imagen más sencilla y, al mismo tiempo, más reveladora de aquella sociedad marinera.
Cuando la anchoa se alejaba de la costa
El problema comenzaba cuando el pescado no estaba cerca.
Según el artículo, si la anchoa aparecía a barlovento, aquellas pequeñas embarcaciones podían desenvolverse razonablemente bien. Pero cuando el pescado se encontraba más lejos, especialmente hacia el Este, los pequeños botes ya no podían alcanzarlo.
Entonces entraban en escena los vapores.
Cuando existían buenas perspectivas de pesca, las pequeñas embarcaciones podían ser remolcadas por vapores pesqueros, entregándoles a cambio un porcentaje.
Tenemos así una imagen extraordinaria:
un vapor avanzando y, detrás, traineras y pequeñas embarcaciones camino de los caladeros.
La tradición y la máquina empezaban a navegar juntas.
El problema: el vapor también quería pescar
Pero aquella colaboración tenía un límite.
Si los propios vapores tenían posibilidades de capturar anchoa o sardina, dejaban de prestar el remolque.
Y entonces los pescadores de las embarcaciones pequeñas quedaban, en palabras del autor, «cruzados de brazos», mal alimentados y escuchando las noticias de que en otros lugares se estaban desembarcando grandes cantidades de pescado.
Anduiza cita expresamente Guetaria y otros puertos del Este.
Y hacia el Oeste menciona Santoña, Laredo y otros puertos.
La noticia, por tanto, nos permite comprender que aquellos pescadores no vivían encerrados en su propio puerto: estaban pendientes de lo que se capturaba a lo largo de buena parte de la costa cantábrica.
Ocho, diez millas… y todavía más lejos
La necesidad obligaba a asumir riesgos.
El artículo explica que cuando no encontraban pescado en las proximidades podían alejarse ocho o diez millas, e incluso aventurarse a distancias mayores.
Y aquí aparece el temor que recorría todo el escrito.
Aquellas embarcaciones pequeñas podían encontrarse repentinamente con viento huracanado y fuerte oleaje.
Anduiza escribe desde la experiencia reciente de las tragedias marítimas y reconoce su miedo a que pudiera repetirse una catástrofe todavía mayor que la del verano anterior de 1912.
La pesca no era solamente trabajo.
Era una lucha cotidiana contra la distancia, el tiempo y la mar.
Ondárroa: las primeras máquinas
La solución que proponía el autor era clara: motorizar progresivamente las embarcaciones.
Y aquí aparecen datos magníficos sobre Ondárroa.
Anduiza explica que en aquellos momentos había allí cinco embarcaciones provistas de este tipo de máquinas, mientras que en Lekeitio había dos.
Su razonamiento era sencillo: si una pequeña parte de las embarcaciones dispusiera de motor, podrían remolcar a otras que todavía no lo tuvieran.
Calculaba que en Ondárroa podrían llegar a existir unas 25 embarcaciones motorizadas, capaces de remolcar a otras tantas.
Bermeo: entre 50 y 80 embarcaciones motorizadas
Y la escala que imagina para Bermeo es todavía mayor.
El artículo habla de la posibilidad de que allí hubiera:
entre 50 y 80 embarcaciones con motor, capaces igualmente de auxiliar o remolcar a otras tantas o incluso más que todavía carecieran de él.
Es un dato enormemente interesante.
No significa que Bermeo tuviera ya en mayo de 1913 esas 50 u 80 embarcaciones motorizadas. Es una estimación o propuesta del autor sobre lo que podría hacerse, y conviene mantener esa diferencia.
Pero nos revela perfectamente la escala de la transformación que se estaba imaginando.
El obstáculo estaba en el combustible
¿Por qué no se hacía?
Anduiza señalaba directamente el coste de la gasolina y el petróleo.
Consideraba excesivos los derechos que soportaban estos combustibles y reclamaba que fueran reducidos para las embarcaciones pesqueras.
Para explicar su argumento establece incluso una comparación curiosa: menciona los elevados derechos que podían pagar artículos considerados de lujo, como los pianos, y sostiene que no tenía sentido aplicar una carga semejante a combustibles que podían contribuir directamente a salvar la vida de los pescadores.
La cuestión del motor, por tanto, no se planteaba únicamente como progreso económico.
Se planteaba como seguridad marítima.
Una mirada hacia Noruega
El artículo aporta además una comparación internacional muy reveladora.
Cuenta que poco tiempo antes habían estado en Lekeitio el cónsul noruego de Bilbao y un mecánico de la misma nacionalidad, que acudió para arreglar una máquina de explosión de petróleo.
Según relata Anduiza, aquellos visitantes explicaron que en Noruega las embarcaciones pesqueras utilizaban ya ampliamente este tipo de motores y que, desde su implantación, las desgracias marítimas habían disminuido considerablemente respecto a la época en que se navegaba únicamente a vela y remo.
Para el autor, aquello señalaba el camino.
De la trainera al motor
Esta página adquiere todavía más valor cuando la ponemos junto a la reflexión que encontramos en la prensa de 1912, cuando se advertía que el vapor estaba desplazando poco a poco a la trainera tradicional.
Un año después vemos el siguiente capítulo.
La trainera todavía está ahí.
Sale de Lekeitio al anochecer.
Busca la anchoa.
Pasa la noche con las redes.
Regresa al amanecer.
En ella pueden viajar un padre y sus dos hijos.
Pero cuando la pesca se aleja, necesita que un vapor la remolque.
Y algunos pescadores comienzan ya a instalar pequeños motores de gasolina o petróleo.
No fue seguramente un cambio de un día para otro.
Durante años convivirían el remo, la vela, el vapor y el motor.
Pero la dirección del cambio estaba empezando a quedar clara.
Una costa entera mirando hacia el futuro
Lekeitio, Ondárroa, Bermeo, Guetaria, Santoña, Laredo…
Los nombres van apareciendo uno detrás de otro porque el problema afectaba a toda una comunidad pesquera extendida a lo largo del Cantábrico.
Lo que reclamaba Santiago Anduiza no era abandonar la mar ni acabar con aquellas embarcaciones tradicionales.
Era conseguir que los hombres que vivían de ella pudieran seguir regresando a casa.
Y quizá por eso esta noticia de mayo de 1913 tiene tanto valor para nuestra recopilación.
Nos permite contemplar un instante preciso de la transición.
Todavía se veían traineras y potines saliendo de puerto al caer la tarde.
Todavía se remaba.
Todavía se navegaba a vela.
Pero algunos motores ya comenzaban a escucharse entre ellos.
Los nuevos tiempos que se anunciaban en 1912 habían empezado a entrar definitivamente en los puertos.
Fuente consultada
El Noticiero Bilbaíno, mayo de 1913.
En su edición del 24 de mayo de 1913, el periódico publica la reflexión remitida desde Lekeitio por Santiago Anduiza, vocal de la Junta de la Liga Española Marítima, bajo el título «Por los pescadores», acerca del «Fomento y seguridad de la pesca marítima». El texto describe la pesca de la anchoa realizada desde Lekeitio por decenas de pequeñas embarcaciones —entre ellas traineras y potines— y analiza los problemas derivados de las distancias a los caladeros, el mal tiempo y la dependencia de los vapores para el remolque. Asimismo, plantea la progresiva incorporación de motores de gasolina o petróleo y menciona expresamente la situación y las posibilidades de Lekeitio, Ondárroa y Bermeo, además de referencias a Guetaria, Santoña y Laredo.


