El Puente de Viloche. Muskiz
Actualizado: 25 jun
Durante buena parte del siglo XX, un pequeño rincón del valle de Muskiz escondía una de las historias más sorprendentes de la comarca. Junto al histórico barrio de Viloche, cerca de la antigua ferrería y molino de El Pobal, existió un singular paso sobre el río Mayor que durante décadas permitió mantener comunicados a sus vecinos con Somorrostro.
Hoy cuesta imaginar aquella realidad. Sin embargo, para las familias que habitaban los caseríos de Viloche, cruzar el río formaba parte de la vida cotidiana. Al otro lado se encontraban las tiendas, el trabajo, la escuela y muchos de los servicios básicos de la época.
Todo comenzó cuando la construcción de la nueva carretera por la margen opuesta del río dejó prácticamente aislados varios caseríos. Mientras el caudal permanecía bajo, la antigua presa de la ferrería permitía cruzar el río, pero durante las crecidas el paso resultaba imposible. Aquella situación obligó a los vecinos a buscar una solución.
Fue entonces cuando Domingo Pérez, vecino del barrio, tuvo una idea tan sencilla como ingeniosa. Aprovechando dos robustos árboles situados a ambas orillas del río, instaló dos cables de acero: uno para apoyar los pies y otro para sujetarse con las manos. Así nació el que todos conocerían como el puente de Viloche.
El paso salvaba aproximadamente doce metros de río y el cable inferior apenas discurría a metro y medio sobre el agua. Con el paso de los años, los árboles fueron creciendo hasta abrazar los propios cables, integrándolos en el paisaje como si siempre hubieran formado parte de él.
Lejos de ser una simple curiosidad, el puente se convirtió en la principal vía de comunicación del barrio. Cada día era utilizado por escolares, trabajadores y vecinos que necesitaban llegar a Somorrostro. Los niños lo cruzaban con absoluta naturalidad camino de la escuela, mientras los adultos lo hacían para acudir al trabajo o realizar sus compras. Incluso transportar una bicicleta o cualquier otra carga formaba parte de la rutina diaria.
Entre las historias más recordadas destaca la llegada de un médico desde Bilbao para atender a un vecino gravemente enfermo. Al descubrir que la única forma de acceder al caserío era atravesando aquel singular puente de cables, lejos de dudar, cruzó el río con serenidad para cumplir con su deber. También el párroco utilizaba con frecuencia aquel paso cuando era requerido por las familias del barrio.

Después de más de veinte años prestando servicio, los vecinos comenzaron a reclamar una solución definitiva. No pedían grandes obras ni costosas infraestructuras. Bastaba con construir una sencilla pasarela sobre la presa que garantizara un acceso más seguro y permanente.
Vista desde nuestros días, la historia del puente de Viloche representa mucho más que una curiosidad local. Refleja el ingenio, la capacidad de adaptación y el espíritu solidario de unos vecinos que supieron resolver por sí mismos las dificultades de la vida cotidiana cuando las infraestructuras todavía no llegaban hasta aquel rincón de Muskiz.
Hoy el viejo puente ha desaparecido, pero su recuerdo sigue formando parte de la memoria colectiva del municipio. No fue una gran obra de ingeniería ni aparece en los libros de arquitectura. Sin embargo, durante muchos años sostuvo algo mucho más importante: la vida diaria de todo un barrio y el esfuerzo de quienes se negaron a quedar aislados.
Fuente consultada: J. Munitibar, «El increíble puente de Viloche. Desde hace 25 años lo utilizan los vecinos para llegar a Somorrostro», El Correo Español-El Pueblo Vasco, 2 de abril de 1969.


