Diciembre de 1890 | Ondárroa y San Sebastián: el gran desafío que puso en vilo al Cantábrico

Durante casi un mes, dos pueblos marineros vivieron pendientes de una regata.
Antes de que las traineras pudieran encontrarse sobre el Cantábrico hubo que buscar embarcaciones semejantes, probarlas una y otra vez, discutir las condiciones del desafío, soportar temporales, vigilar el barómetro, depositar dinero, nombrar jueces y hasta investigar una misteriosa salida nocturna de quienes parecían querer conocer los entrenamientos del contrario.
Las apuestas alcanzaron cantidades extraordinarias.
Se apostaron pesetas y duros, pero también una cabra, dos botes y hasta la ropa que un pescador llevaba puesta.
Llegaron aficionados de distintos puntos de la costa y también desde Francia. Se prepararon vapores para seguir la competición. Hubo una misa sobre un mar tan movido que tuvieron que sujetar al sacerdote mientras celebraba.
Y cuando finalmente llegó el momento decisivo, hasta el revólver destinado a dar la salida se rompió.
Entonces sonó una corneta.
Una vez.
Otra.
Y una tercera.
Y las traineras de Ondárroa y San Sebastián salieron «como una exhalación».
Pero para llegar hasta aquel instante hay que regresar a los primeros días de noviembre de 1890.
Antes que los hombres, había que igualar las traineras
En San Sebastián se había planteado una cuestión fundamental.
Si dos tripulaciones iban a medir verdaderamente sus fuerzas, las embarcaciones no debían decidir de antemano el resultado.
A comienzos de noviembre comenzaron en La Concha las pruebas de las traineras destinadas al futuro desafío contra Ondárroa.
Dos embarcaciones fueron examinadas ante una comisión y numeroso público.
Pero algo no convenció.
Se apreciaba cierta diferencia en la «ligereza» de ambas.
Las pruebas tuvieron que continuar.
Todavía no había fecha definitiva para la regata porque se pretendía encontrar dos embarcaciones de condiciones suficientemente semejantes.
Era una preocupación que acompañaría durante semanas al desafío.
Que vencieran los brazos, no la madera.
«Para no perder la costumbre de remar»
Y entonces intervino el Cantábrico.
Durante varios días, el temporal impidió a los pescadores donostiarras realizar sus faenas.
El 7 de noviembre, hacia las once y media de la mañana, pareció abrirse una pequeña oportunidad y la lancha destinada a las regatas salió a La Concha.
Los hombres apenas pudieron dar dos o tres vueltas.
Desde tierra algunos pensaron que intentarían atravesar la barra, pero el oleaje se lo impidió. Después cayó un fuerte aguacero y tuvieron que retirarse.
Todo había durado veinte o treinta minutos.
Al desembarcar cerca del muelle del barrio de la Jarana, preguntaron a uno de los marineros si habían quedado satisfechos.
Su respuesta merece conservarse:
habían salido «para no perder la costumbre de remar».
Llevaban días sin poder faenar por culpa del temporal.
Aquellos hombres que pronto serían observados como competidores seguían siendo, ante todo, pescadores.
Y esperaban.
Miraban diariamente el barómetro, deseando que anunciara una mejoría suficiente para continuar las pruebas.
El pacto de Zarauz
Finalmente, representantes de Ondárroa y San Sebastián se reunieron en Zarauz para establecer las condiciones.
Aquello comenzaba a parecerse mucho más a un gran desafío formal que a una improvisada carrera entre pescadores.
Se acordó utilizar traineras usadas proporcionadas por los remeros de San Sebastián, conservando los ondarreses el derecho de elección.
Cada embarcación llevaría:
trece remeros y un patrón.
El patrón tendría que permanecer en su puesto durante todo el recorrido. No podría cederlo a ningún tripulante, aunque desde allí podría emplear, como recogían las condiciones, «toda su habilidad».
Y habilidad haría falta.
La prueba sería de:
diez millas.
La salida se situaría en el abra de Lequeitio, tomando rumbo hacia el monte de San Antón de Guetaria.
Se dispusieron normas para las balizas, las calles de llegada y los jueces, que seguirían la prueba desde un vapor.
Incluso se previó un posible abordaje: si las traineras chocaban, los jueces determinarían cuál había sido responsable y esta perdería la regata.
Nada quería dejarse al azar.
La fecha quedó señalada para el:
30 de noviembre de 1890.
Si el tiempo lo impedía, se intentaría al día siguiente y, si tampoco fuera posible, se contemplaba el 7 de diciembre.
Pero terminadas las discusiones ocurrió algo que ayuda a comprender mejor a aquellos hombres.
Rivales sobre el agua, juntos alrededor de una mesa
Serían aproximadamente las dos de la tarde cuando ondarreses y donostiarras dejaron a un lado las negociaciones y se sentaron juntos a comer.
La prensa dice que durante la comida reinó:
«la mayor alegría y expansión».
Hablaron, naturalmente, de la regata.
Y cuando llegaron los postres aparecieron las apuestas.
Durante aquella sobremesa se concertaron traviesas por valor de 37.000 reales.
Uno de los representantes de Ondárroa aseguró incluso que en su localidad había quien estaba dispuesto a jugarse todo cuanto tuviera.
Además quedaron depositadas 5.000 pesetas como señal, debiendo completarse posteriormente las cantidades previstas por ambas partes.
El desafío ya estaba sellado.
Las apuestas comienzan a correr más que las traineras
Mientras los hombres continuaban entrenándose, el dinero comenzó a moverse.
Los donostiarras podían pasar hasta seis horas probando embarcaciones: una sesión de nueve de la mañana a doce y otra de tres a seis de la tarde, recorriendo tres millas con cada trainera.
En tierra, entretanto, el cronista encontró una expresión extraordinaria:
«Ayer empezó, por decirlo así, á cotizarse el papel de las regatas».
En una sola jornada las traviesas alcanzaban ya los 6.000 duros.
Y desde Ondárroa llegó una persona que, según la prensa, disponía de nada menos que 8.000 duros para apostar a favor de sus remeros.
La noticia no proporciona su nombre ni permite asegurar que llevara físicamente consigo semejante cantidad.
Pero la expectación continuó creciendo.
Hasta alcanzar dimensiones difíciles de imaginar.
70.000 duros… y una trainera en la oscuridad
A mediados de noviembre, la prensa hablaba ya de más de 70.000 duros en traviesas.
Entre las apuestas conocidas figuraba una de 5.000 pesetas a favor de San Sebastián contra 12.000 por Ondárroa.
Y las pequeñas eran, según la crónica, prácticamente «incalculables».
Con semejantes cantidades en juego, cualquier información sobre el contrario podía adquirir valor.
Y una noche ocurrió algo extraño.
Entre la gente de mar comenzó a comentarse que ciertos individuos estaban especialmente interesados en averiguar las distancias y tiempos de entrenamiento de los donostiarras.
Según el relato publicado, algunos «aprovechando el misterio de la noche» tomaron una trainera y salieron a medir el recorrido que efectuaban los futuros rivales de Ondárroa.
Un muchacho avisó al propietario de la embarcación.
Varias personas salieron en su busca.
Encontraron a los misteriosos navegantes cerca de las boyas.
Por aquellas inmediaciones apareció también otro hombre en una lancha, quien explicó que había salido a realizar una apuesta consistente en dar una vuelta a Santa Clara.
El asunto acabaría ante la Comandancia de Marina.
No sabemos qué ocurrió después.
Y tampoco podemos afirmar que aquellas personas fueran espías de Ondárroa ni que actuasen por encargo de nadie.
La propia prensa hablaba de rumores y de «curiosos».
Pero el episodio demuestra hasta dónde había llegado la fiebre de aquella regata.
La «Cariño» sale a La Concha
Los aficionados querían comprobar por sí mismos cómo llegaban los donostiarras.
Y tanto insistieron que los marineros accedieron a realizar un «simulacro de regatas» en la bahía.
Fue entonces cuando apareció un nombre propio:
«Cariño».
La «Cariño» sería tripulada por los hombres de San Sebastián en aquel ensayo, utilizando el mismo recorrido de las regatas organizadas por el Ayuntamiento el 7 de septiembre.
No sabemos cómo terminó la prueba.
Tampoco podemos afirmar que la «Cariño» fuese finalmente una de las embarcaciones empleadas en el gran desafío.
Pero durante una tarde de noviembre de 1890, mientras Ondárroa esperaba al otro lado de la costa, los donostiarras salieron con ella ante los ojos de un público que quería saber una sola cosa:
¿cómo llegan los nuestros?
Y entonces conocemos a los hombres de Ondárroa
A medida que se aproximaba el 30 de noviembre, la expectación llegó al extremo.
El periódico escribió:
«A medida que se aproxima el día de la lucha, raya en delirio el entusiasmo del público».
Y por fin dejó de hablar únicamente de «los ondarreses».
Los hombres adquirieron nombres y apellidos.
Al frente de la trainera estaría el patrón:
Ambrosio Bedialauneta
Y junto a él aparecen:
Salvador Aguirre, Miguel Aranzamendi, Doroteo Badiola , Pablo Acha, Juan Suazaga, José Olarreaga , Bruno Aremayo, José Osa, Rufino Badiola, Félix Urresti , Pedro Uribe, Pedro Larrañaga y Adrián Bechanauleta
Son los nombres que proporciona la fuente y así deben quedar conservados.
Los remeros de San Sebastián, por su parte, habían llegado ya a Lequeitio, donde fueron recibidos «con grande entusiasmo».
Las embarcaciones fueron probadas y carenadas por los ondarreses y después depositadas en tierra bajo la vigilancia de comisiones de ambos bandos.
No regresarían al agua hasta aproximadamente una hora antes de competir.
Los hombres podían seguir hablando.
Las traineras esperarían en silencio.
Una cabra contra veinte pesetas
Mientras llegaba el domingo, las apuestas invadieron prácticamente todos los rincones.
En Tolosa abundaban las favorables a Ondárroa.
Y en Fuenterrabía, un pescador decidió demostrar su confianza de una manera inolvidable:
apostó una cabra contra veinte pesetas a favor de Ondárroa.
En San Sebastián, otro pescador depositó en una taberna de la calle Mayor conocida como El Tonel un «canchó», que según la noticia le había costado catorce duros, dispuesto a jugarlo contra cinco a favor de los donostiarras.
Y D. Pedro Saoliva, bañero de S. M., puso en juego dos de sus botes contra 469 pesetas.
Los botes tenían nombre:
«Infanta Eulalia»y«Princesa de Asturias».
Se apostaba dinero.
Se apostaban animales.
Se apostaban embarcaciones.
Cada cual defendía a los suyos con aquello que tenía.
Toda la costa quería verlo
En Bilbao, el Club Náutico preparaba uno o dos vapores remolcadores para transportar a sus socios hasta el denominado «campo de maniobras».
Desde Ondárroa y otros puertos se esperaba la salida de numerosas lanchas.
La concentración prevista era tan grande que embarcaciones de Guetaria y Fuenterrabía debían impedir que vapores y lanchas cargados de espectadores se aproximasen demasiado a las traineras.
Desde Francia se aguardaba también la llegada de personas procedentes de Burdeos, Bayona y San Juan de Luz.
Pero antes de la lucha habría una escena verdaderamente extraordinaria.
Una misa en mitad del Cantábrico
El obispo de Vitoria había autorizado la celebración de una misa en alta mar, a bordo de uno de los vapores, a la altura de Guetaria.
La escuadra pesquera debía disponerse formando una gran figura alrededor del buque desde el que se oficiaría.
Durante la elevación, los vapores se engalanarían con banderas, sonarían músicas y orquestillas, se interpretaría la Marcha Real y se lanzarían cohetes.
La prensa anticipaba un espectáculo:
«verdaderamente grandioso y regio».
Y el domingo 30 llegó.
Pero también llegó el Cantábrico.
30 de noviembre: todo preparado… menos el mar
Lequeitio se llenó.
Llegaron expedicionarios desde Bilbao, San Sebastián y numerosos pueblos de la costa. También acudieron personas procedentes de Bayona.
Los pequeños vapores Mamelena viajaron abarrotados.
Y muchos pasajeros pagaron el entusiasmo con un mareo considerable durante la travesía.
La mar estaba picada.
Soplaba viento «de Francia».
Y el frío era intenso.
Aun así, la misa prevista llegó a celebrarse.
Los barcos se dispusieron formando un semicírculo y, a babor del Mamelena número 3, se situó la música.
El movimiento de las embarcaciones era tal que resultaba difícil permanecer de pie sin sujetarse.
El sacerdote, Sr. Arietizabal, necesitó que sus ayudantes lo sostuvieran para poder celebrar.
Durante el Sanctus y la elevación sonó la Marcha Real.
Y terminada la ceremonia, alguien lanzó un grito:
«¡Viva la Vasconia!»
La multitud respondió.
Después comenzó a sonar el Guernikako Arbola.
Durante unos instantes, antes de volver a ser Ondárroa y San Sebastián, todos parecieron pertenecer al mismo pueblo de la mar.
Los hombres llegaron con los remos
Todavía se confiaba en competir.
Cuando apareció el remolcador procedente de Bilbao con los ondarreses se procedió a elegir las traineras.
Ondárroa escogió la lancha del patrón Esquerra.
Fue botada y preparada con sus toletes y demás elementos.
San Sebastián hizo lo mismo con la suya.
Algunos hombres llevaban botas altas. Al desembarcar, las tenían tan llenas de agua que se las quitaron, las vaciaron y volvieron a calzárselas antes de continuar.
Las traineras quedaron amarradas y custodiadas por cuatro marineros, dos de cada bando.
A las nueve y media aparecieron los remeros donostiarras.
Cada uno llevaba su remo.
Después llegaron los ondarreses.
Todo estaba dispuesto.
Pero las comisiones miraron nuevamente el mar.
La decisión fue inevitable.
No habría regata.
La mar de proa habría sometido a los hombres a un esfuerzo excesivo y la suspensión fue considerada una medida de humanidad y justicia.
«¡50 duros a favor de Ondárroa!»
Ni siquiera entonces cesaron las apuestas.
Un pescador lanzó un grito:
«¡50 duros a favor de Ondárroa!»
La apuesta encontró inmediatamente quien la aceptara.
Otro hombre tenía confianza en Ondárroa, pero aparentemente no disponía de dinero para jugar.
Así que apostó lo que llevaba encima:
su elástico.
Otro aceptó.
También se quitó el suyo.
Y ambas prendas quedaron depositadas.
Después de semanas hablando de miles y miles de duros, quizá ninguna apuesta describa mejor aquella pasión.
Un hombre sin dinero suficiente para apostar.
Pero con una prenda sobre el cuerpo.
Y dispuesto a jugársela por Ondárroa.
El lunes tampoco
La regata debía intentarse nuevamente al día siguiente.
Llegó el lunes.
Y el Cantábrico volvió a decir que no.
Otra suspensión.
Después de semanas preparando una lucha entre dos pueblos, estaba quedando claro que el rival más poderoso no era ni Ondárroa ni San Sebastián.
Era la mar.
Y entonces, desde la prensa donostiarra, apareció una reflexión que parecía anticipar el verdadero final de aquella historia.
Se pedía que cesasen las rivalidades entre pueblos hermanos.
Aquellos pescadores, se recordaba, podían necesitarse unos a otros en las durísimas faenas del mar.
Cuando terminase la regata, vencedores y vencidos debían confundirse:
en un abrazo.
2 de diciembre de 1890: esta vez, el mar los dejó
Y finalmente llegó el día.
Después de dos suspensiones, las traineras pudieron colocarse ante las balizas.
Eran las doce.
La salida debía darse mediante un revólver.
Pero hasta entonces pareció resistirse aquella regata:
el revólver se rompió.
Hubo que improvisar.
Se utilizó una corneta.
Tres toques.
Separados por treinta segundos.
Sonó el primero.
Después el segundo.
Y al tercero…
las dos traineras salieron «como una exhalación».
Las siguieron el vapor Mamelena y el remolcador bilbaíno Cantabria.
Después de casi un mes de palabras, apuestas, rumores y preparativos, por fin hablaban los remos.
Cinco minutos bastaron para empezar a verlo
Muy pronto comenzó a apreciarse una diferencia.
Apenas habían transcurrido cinco minutos cuando San Sebastián empezó a tomar ventaja.
La distancia fue creciendo.
Aproximadamente media hora después, los donostiarras aventajaban a Ondárroa en unos 50 metros.
Las dos embarcaciones, según la crónica, iban:
«hábilmente gobernadas».
Pero el periódico dedicó especial atención al patrón donostiarra.
Su nombre era:
Carril.
Desde la popa alentaba a sus hombres y llevaba la trainera «magistralmente guiada», sin que durante el recorrido se apreciase vacilación alguna.
Delante de él, los hombres bogaban.
Ondárroa continuaba luchando.
Pero San Sebastián no cedía.
La una y treinta y seis
La trainera donostiarra alcanzó la llegada a la una y treinta y seis.
La crónica atribuyó a los vencedores 81 minutos de recorrido.
Ondárroa cruzó la llegada:
1 minuto y 28 segundos después.
El gran desafío había terminado.
San Sebastián era vencedor.
Y después de tantas jornadas intentando encontrar la embarcación adecuada aparece finalmente otro detalle precioso.
La trainera utilizada por los vencedores pertenecía al patrón conocido por el apodo de:
«Pólvora».
Desde el Mamelena, quienes habían seguido la regata contemplaron cómo los donostiarras levantaban sus remos en señal de victoria.
Entonces se produjo una:
«explosión de aplausos».
Después de tantas semanas, ya había vencedor.
Pero todavía faltaba lo mejor.
«Más que amigos, hermanos»
Los ondarreses fueron trasladados a uno de los remolcadores.
Cuando los expedicionarios se disponían a marcharse, el Sr. Nafarrate, miembro de la comisión, se dirigió a ellos.
Y pronunció unas palabras que terminaron convirtiéndose en el verdadero epílogo de aquella inmensa rivalidad:
«Sin pensar e inconscientemente hemos reñido; ya sabéis que por mar y por tierra seremos siempre buenos amigos, más que amigos hermanos».
Los hombres de Ondárroa respondieron que aquellos habían sido siempre también sus deseos.
Y quizá fue entonces cuando terminó realmente la regata.
No cuando San Sebastián cruzó primero.
No cuando se detuvo el cronómetro.
Sino cuando dos grupos de pescadores que durante semanas habían llevado detrás el orgullo de sus pueblos volvieron a reconocerse como compañeros de una misma mar.
San Sebastián celebra. Y piensa en los vencidos
En San Sebastián comenzaron los festejos.
La victoria fue celebrada y se prepararon nuevos actos.
Incluso la reina felicitó a los remeros donostiarras.
Pero apareció además un gesto que encaja perfectamente con las palabras pronunciadas después de la regata.
En casas y centros de San Sebastián comenzó a organizarse una suscripción pública destinada a indemnizar a los tripulantes vencidos de Ondárroa.
Los rivales habían sido derrotados.
Pero no olvidados.
Y tres días después, las traineras volvieron al trabajo
Podríamos terminar aquí.
Con los remos levantados.
Con San Sebastián celebrando.
Con Ondárroa aceptando la derrota.
Con aquel «más que amigos, hermanos».
Pero una pequeña noticia publicada apenas unos días después proporciona un final todavía mejor.
El miércoles siguiente, por la mañana, una pequeña escuadrilla pasó frente al castillo de la Mota.
Eran:
diez lanchones y traineras de Ondárroa.
Navegaban rumbo a Pasajes.
No sabemos quiénes iban a bordo.
No podemos afirmar que entre aquellos hombres se encontraran los mismos que acababan de competir contra San Sebastián.
Pero conocemos el motivo de aquel viaje.
Iban a participar en la:
«campaña invernal besuguera».
Y de pronto todo vuelve a ocupar su verdadero lugar.
Cuando se apagaron los aplausos
Durante semanas aquellos pescadores habían sido protagonistas.
Los periódicos habían hablado de ellos.
Miles de personas habían querido contemplarlos.
Se habían apostado fortunas.
Habían llegado vapores llenos de espectadores.
San Sebastián había vencido.
Ondárroa había perdido.
Pero para aquellos hombres una regata era solamente un episodio dentro de una vida mucho más dura.
Después había que volver a la mar.
A pescar.
A enfrentarse al invierno.
A ganarse el sustento.
Por eso quizá la última imagen de esta historia no deba ser la trainera vencedora cruzando la llegada.
Quizá deban ser aquellas diez embarcaciones de Ondárroa navegando hacia Pasajes pocos días después.
Ya no había espectadores.
No había apuestas.
No había premio.
Delante de ellas estaba nuevamente el Cantábrico.
Y el besugo.
Dos pueblos y una misma mar
Vista únicamente desde el resultado, aquella historia podría resumirse en unas líneas:
San Sebastián venció a Ondárroa el 2 de diciembre de 1890.
La trainera donostiarra realizó el recorrido en 81 minutos y aventajó a los ondarreses en 1 minuto y 28 segundos.
Pero hacerlo sería perder casi todo.
Porque esta historia habla también de Ambrosio Bedialauneta y los hombres de Ondárroa; de Carril gobernando la trainera donostiarra; del patrón «Pólvora»; del Sr. Nafarrate; de una trainera llamada «Cariño»; del patrón Esquerra; de los vapores Mamelena y del remolcador Cantabria; de una cabra apostada en Fuenterrabía; de dos botes llamados «Infanta Eulalia» y «Princesa de Asturias»; de pescadores apostándose hasta la ropa; de una misa balanceándose sobre el Cantábrico y de miles de personas esperando una regata que la mar se negó dos veces a permitir.
Y habla, sobre todo, de dos comunidades que durante semanas quisieron demostrar cuál tenía los mejores remeros y que, terminada la lucha, volvieron a recordar que compartían algo mucho más importante que una victoria.
El mismo oficio.
Los mismos peligros.
La misma costa.
La misma mar.
Quizá por eso las palabras pronunciadas al final merezcan cerrar también esta historia:
«Por mar y por tierra seremos siempre buenos amigos, más que amigos hermanos».
Fuentes consultadas
El Noticiero Bilbaíno, noviembre y diciembre de 1890, a través de las sucesivas informaciones dedicadas a los preparativos, entrenamientos, condiciones, apuestas, aplazamientos y celebración definitiva del desafío entre los remeros de Ondárroa y San Sebastián, incluyendo noticias reproducidas de la prensa guipuzcoana, especialmente La Voz de Guipúzcoa, El Guipuzcoano y La Libertad.
Estas informaciones permiten reconstruir desde las primeras pruebas de las traineras y la reunión de Zarauz hasta la regata finalmente celebrada el 2 de diciembre de 1890, así como el regreso inmediato de las embarcaciones ondarresas a su actividad pesquera durante la campaña invernal del besugo.
En las referencias documentales y en las citas se respeta la grafía original empleada por las fuentes históricas para los nombres de municipios, localidades y otros topónimos.


