Diciembre de 1888 | Cuando Bermeo recibió a sus vencedores: la «Manuelita», la «Palmira» y una bandera para la memoria

Habían transcurrido más de tres meses desde aquella jornada que había llenado de embarcaciones y espectadores las aguas del Abra.
El 21 de septiembre de 1888, coincidiendo con la inauguración de las obras del Puerto Exterior de Bilbao, trece traineras habían salido a disputar una de aquellas regatas que todavía nacían directamente del mundo de la pesca.
Bermeo regresó de allí con un triunfo extraordinario.
Sus dos embarcaciones ocuparon los dos primeros puestos.
Pero aquella historia no terminó al cruzar la llegada.
Continuó en Bermeo.
Continuó junto al telégrafo, esperando noticias; en los cohetes que anunciaron la victoria; en el regreso de las traineras; en una bandera que tardó en llegar; y, meses después, alrededor de una gran mesa en la que volvieron a reunirse los hombres que habían defendido el nombre de su pueblo sobre las aguas del Abra.
Y gracias a aquella celebración conocemos hoy algo que la primera crónica de la regata no nos había contado:
aquellas dos traineras tenían nombre.
Eran la «Manuelita» y la «Palmira».
Antes de la victoria hubo dudas
Cuando llegó a Bermeo la invitación para participar en las regatas de Bilbao, la decisión no fue inmediata.
Se reunió la Cofradía de Mareantes de Bermeo.
Existía cierto desánimo entre los cofrades debido al resultado obtenido en un regateo anterior. Presentarse nuevamente suponía reunir dinero, organizar a los hombres y preparar las embarcaciones.
El Ayuntamiento y la Cofradía aportaron fondos.
Pero hacía falta algo más: alguien dispuesto a asumir responsabilidades y ponerse al frente de aquella empresa.
Entonces apareció un nombre que merece permanecer unido a esta historia:
D. Manuel María de Arrótegui.
Su compromiso fue extraordinario.
Arrótegui se ofreció a adquirir la trainera que en las pruebas resultase más ligera, pagando por ella el precio que le pidieran.
Aquello llegó a despertar alguna sospecha sobre si podía existir detrás un interés económico.
Él mismo se encargó de disiparla.
Los premios que pudieran conseguirse serían para la Cofradía.
Los cofrades respondieron con otra promesa: si Bermeo conquistaba la bandera de honor, aquella bandera sería entregada a Arrótegui.
Algo cambió entonces.
El corresponsal lo resumió en una frase magnífica:
«A la desanimación sucedió la actividad, y nadie se permitía dudar del éxito.»
Bermeo había decidido ir.
Un pueblo esperando junto al telégrafo
Llegó finalmente el 21 de septiembre de 1888.
Mientras las traineras competían en el Abra, Bermeo esperaba.
Y la imagen que dejó escrita el corresponsal resulta difícil de olvidar.
Incluso quienes normalmente mostraban un temperamento más frío se habían contagiado del entusiasmo. Una inmensa multitud se congregó esperando que el telégrafo trajera noticias de Bilbao.
En una época sin radio, televisión ni comunicaciones instantáneas, aquel aparato era el hilo que unía el puerto con sus hombres.
Y finalmente llegó el mensaje.
Bermeo había ganado.
No una vez.
Dos.
La «Manuelita» y la «Palmira» habían obtenido los dos primeros premios.
Entre ambas llevaban hacia Bermeo 3.250 pesetas.
Y además había algo destinado a sobrevivir al dinero:
la bandera de honor.
Música y cohetes para recibir la noticia
El entusiasmo estalló inmediatamente.
El alcalde, Sr. Rodríguez, atendiendo al sentimiento popular, dispuso que la victoria se celebrase con música y cohetes.
Dos días después regresaron las traineras.
También entonces hubo festejos y vítores.
Aquellas embarcaciones que habían partido para representar a Bermeo volvían convertidas en vencedoras.
La «Palmira», además, era precisamente la trainera que había adquirido Manuel María de Arrótegui.
Y Arrótegui cumplió lo prometido.
Después de cobrar en Bilbao las 3.250 pesetas obtenidas por las dos embarcaciones, entregó el dinero a la Cofradía.
Faltaba únicamente recibir aquello que probablemente todos deseaban contemplar:
la bandera.
La bandera llegó casi en silencio
Su llegada resultó mucho menos solemne de lo esperado.
En Bermeo se suponía que, siendo un obsequio de la Diputación Provincial de Vizcaya y del Ayuntamiento de Bilbao, alguna comisión acudiría a entregarla oficialmente.
No fue así.
Una tarde apareció un coche.
Y con él llegó la bandera.
Sin la ceremonia que muchos seguramente habían imaginado y, según relata la crónica, sin saberse siquiera con claridad quién la llevaba.
Pero Bermeo tenía una palabra dada.
Pese a ciertas gestiones contrarias —el corresponsal llega a referirse a ellas como «envidiosos consejos»—, la Cofradía cumplió el compromiso adquirido:
la bandera fue entregada a Manuel María de Arrótegui.
Y gracias a aquella crónica sabemos hoy cómo era.
La bandera de la «Manuelita»
Estaba confeccionada en raso, con los colores nacionales y el escudo de armas de Vizcaya primorosamente bordado.
Llevaba escritas unas palabras que la convertían en testimonio material de aquella jornada:
«Premio de honor».
Y estaba dedicada expresamente a una de las dos embarcaciones:
la lancha «Manuelita», de Bermeo.
La propia bandera recordaba a quienes la habían concedido —la Diputación Provincial de Vizcaya y el Ayuntamiento de Bilbao— y el motivo de su entrega: el regateo celebrado el 21 de septiembre de 1888.
Por tanto, aquel documento permite cerrar una incógnita que había quedado abierta en las primeras noticias.
La embarcación bermeana que obtuvo el primer premio y la bandera de honor fue la «Manuelita».
La otra gran protagonista de la jornada fue la «Palmira».
Y todavía conoceremos el nombre de uno de sus hombres.
Más de sesenta remeros vuelven a reunirse
Pasaron los meses.
Llegó la Navidad.
Y Manuel María de Arrótegui decidió que aquella victoria merecía ser recordada junto a quienes la habían hecho posible.
Habían participado en aquella contienda marítima más de sesenta remeros.
Arrótegui los invitó a una gran comida en su casa de Traque.
Para recibirlos se preparó un salón de aproximadamente 7,50 metros de ancho por 13 de largo, adornado con banderolas, guirnaldas y papeles de colores.
En las columnas y los ángulos se dispusieron trofeos formados con remos.
Y sobre una de las puertas podía leerse una gran inscripción:
«A los valientes remeros de Bermeo en recuerdo de la bandera de honor y premios ganados en la regata de 21 de Setiembre de 1888.»
Presidiendo todo aquello estaba la bandera.
La misma que meses antes había sido ganada en el Abra.
Ya no estaba sobre el agua.
Estaba en Bermeo, rodeada por sus remeros.
Arrótegui, Luzárraga y los patrones
A la una en punto comenzó la comida.
D. Manuel María de Arrótegui ocupó la presidencia.
Frente a él se sentó D. Cirilo Luzárraga, a quien la crónica reconoce también importantes esfuerzos para conseguir que aquella empresa terminase con éxito.
A ambos lados ocuparon sus lugares los patrones de las lanchas.
La comida fue abundante.
Y entre los platos apareció uno que el corresponsal consideró imposible no mencionar tratándose de una reunión de marineros bermeanos:
el clásico besugo.
Después llegaron el café y el cigarro habano.
Pero aquella reunión tenía mucho más de homenaje que de banquete.
Un brindis en euskera y castellano
Terminada la comida, Manuel María de Arrótegui se levantó para hablar.
Lo hizo en vascuence y en castellano.
Brindó por la prosperidad de la Cofradía y por algo que, leyendo toda la historia, adquiere un significado especial:
«la verdadera unión de los marinos».
Después hablaron otros asistentes.
El corresponsal reconoce que algunos no se expresaron con un lenguaje especialmente correcto.
Pero añadió inmediatamente algo mucho más hermoso:
hablaban con verdad y expresión.
Y fueron frenéticamente aplaudidos.
Eran hombres de mar hablando ante sus compañeros.
No necesitaban grandes discursos.
Eugenio de Acarregui, patrón de la «Palmira»
Entre quienes tomaron la palabra aparece otro nombre que debemos conservar:
D. Eugenio de Acarregui, patrón de la «Palmira».
De este modo, la noticia no solamente recupera los nombres de las dos traineras vencedoras.
También comienza a devolver identidad a quienes estuvieron relacionados con ellas.
Y hubo otra intervención particularmente significativa.
Los propios marineros habían encargado al joven abogado Sr. Muzquiz que agradeciera públicamente a Arrótegui todo cuanto había hecho.
Muzquiz recordó las dos últimas regatas disputadas por Bermeo y atribuyó el feliz resultado de la segunda a:
«la unidad de acción y mancomunidad de esfuerzos».
Quizá ahí esté la verdadera explicación que aquellos hombres quisieron dejar de su victoria.
No solamente fuerza.
No solamente buenos remeros.
Unión.
La Cofradía, el Ayuntamiento, quienes ayudaron económicamente, quienes organizaron la participación, los patrones y los hombres que empuñaron los remos.
Echevarría hizo fotografías
Y entonces aparece uno de esos pequeños detalles capaces de abrir una nueva investigación más de un siglo después.
En aquella celebración estaba presente el fotógrafo Sr. Echevarría.
Y tomó fotografías de la reunión.
El dato es extraordinario.
En algún momento de las últimas jornadas de 1888, aquellos hombres se colocaron ante una cámara.
Quizá aparecieran juntos.
Quizá con la bandera.
Quizá en aquel salón adornado con guirnaldas y remos.
La noticia no nos permite saber cómo eran esas fotografías ni si alguna ha sobrevivido.
Pero sí permite afirmar que se hicieron.
Y eso convierte su posible localización futura en una búsqueda verdaderamente apasionante.
Porque en algún archivo, colección o viejo álbum familiar podría permanecer todavía el rostro de aquellos remeros de Bermeo.
Del banquete al aurresku
La celebración continuó.
Por disposición del alcalde apareció el tamboril.
Entonces los marineros salieron de la casa formando una cuerda de aurresku y se dirigieron a bailar a la plaza pública.
Allí los esperaba, según escribió el corresponsal, un:
«gentío inmenso».
Resulta fácil comprender por qué aquella escena mereció ser contada.
Los hombres que meses antes habían remado en el Abra estaban ahora bailando ante su pueblo.
Después regresaron a casa de Arrótegui.
Las mesas habían sido retiradas.
El gran salón podía continuar acogiendo la fiesta.
Más de cien personas y ni un solo altercado
A lo largo de aquella celebración llegaron a reunirse más de cien personas.
Y el corresponsal quiso dejar constancia de otro hecho:
no ocurrió el menor incidente capaz de alterar la armonía de la jornada.
No era un comentario casual.
La crónica termina precisamente elogiando a Arrótegui por contribuir a fomentar la paz y la concordia y a desterrar antiguas discordias.
Por eso aquella comida terminó significando algo más que la celebración de una victoria deportiva.
Era también la imagen de una comunidad marinera reunida.
La «Manuelita» y la «Palmira» regresan a la memoria
Más de un siglo después, el dinero de aquellos premios ha perdido su importancia.
Los cohetes se apagaron.
La música dejó de sonar.
Los hombres que aguardaron alrededor del telégrafo desaparecieron hace generaciones.
Pero la vieja crónica conserva algo que todavía podemos devolver a Bermeo.
Conserva los nombres.
Manuel María de Arrótegui.
Cirilo Luzárraga.
Eugenio de Acarregui.
Muzquiz.
Echevarría.
Y conserva los nombres de dos embarcaciones que merecen volver a pronunciarse juntas:
«Manuelita» y «Palmira».
El 21 de septiembre de 1888, las dos ocuparon los primeros puestos en las regatas del Abra.
La «Manuelita» conquistó además aquella bandera de honor, de raso, con los colores nacionales y el escudo de Vizcaya bordado.
Pero quizá lo más hermoso ocurrió después.
Ocurrió cuando Bermeo esperó junto al telégrafo.
Cuando sonaron la música y los cohetes.
Cuando las traineras regresaron al puerto.
Cuando más de sesenta remeros volvieron a reunirse alrededor de una mesa.
Cuando Arrótegui brindó en euskera y castellano por la unión de los marinos.
Cuando aquellos hombres bailaron el aurresku delante de su pueblo.
Y cuando un fotógrafo llamado Echevarría levantó su cámara y dejó constancia de aquel encuentro.
No sabemos dónde estarán hoy aquellas fotografías.
Tampoco sabemos qué fue finalmente de aquella bandera.
Pero sabemos que existieron.
Y mientras permanezcan los nombres de aquellos hombres, de aquellas traineras y de aquel Bermeo que salió a celebrar a sus remeros, una parte de aquella jornada seguirá viva.
Porque las viejas regatas no pertenecían solamente a quienes remaban.
Detrás de cada trainera remaba también un pueblo.
Fechas que quedan documentadas
La regata del Abra se celebró el 21 de septiembre de 1888. Las traineras bermeanas «Manuelita» y «Palmira»obtuvieron los dos primeros premios, correspondiendo a la «Manuelita» la bandera de honor. El homenaje posterior relatado en la crónica tuvo lugar durante las Navidades de 1888, cuando más de sesenta remeros fueron agasajados por Manuel María de Arrótegui en Bermeo.
Fuente consultada
El Noticiero Bilbaíno, diciembre de 1888. «Carta de Bermeo». Crónica dedicada a la participación y triunfo de las embarcaciones bermeanas en las regatas del Abra y a la posterior celebración ofrecida a sus remeros.
En las referencias documentales y citas se respeta la grafía original empleada por las fuentes históricas para los nombres de municipios, localidades y otros topónimos.


