Diciembre de 1880, y el legado de D. Francisco de Murrieta y la Torre

Antes de que la iglesia de San Román de Ciérbana se convirtiera en aquella ausencia buscada desde la cima del Serantes, hubo un tiempo en que todo parecía encaminado. Había testamento, había dinero, había una comisión nombrada, había planos trazados por arquitecto y hasta autorización eclesiástica para derribar la vieja iglesia y levantar la nueva.
La historia, vista desde la distancia, resulta aún más dolorosa precisamente por eso: porque la iglesia de San Román no fue solo un deseo impreciso ni una promesa lanzada al aire. Llegó a estar pensada, situada y preparada para comenzar.
En 1880, El Noticiero Bilbaíno publicó un comunicado firmado en Ciérbana por Victoriano de Ortúzar y la Torre, quien quiso responder a una anterior “Pregunta sesgada” y explicar, con datos concretos, lo ocurrido con el legado de D. Francisco de Murrieta y la Torre.
Según aquel escrito, Francisco de Murrieta, natural de Ciérbana, otorgó testamento en Buenos Aires el 20 de diciembre de 1864. En una de sus cláusulas dispuso que se remitieran a Bilbao, para entregar al concejo de Ciérbana, diez mil pesos fuertes destinados a construir una iglesia.
El testador no dejó el lugar completamente cerrado, pero sí señaló dos emplazamientos posibles: el campo de San Román o Cardeo. La elección quedaba, en la práctica, en manos del vecindario. Y los vecinos de Ciérbana, reunidos en junta general, decidieron por gran mayoría que la nueva iglesia se levantase en San Román, en el lugar de la antigua.
El Ayuntamiento de Abanto y Ciérbana aceptó el legado y, el 7 de octubre de 1867, nombró una comisión para recibir los fondos y realizar las gestiones necesarias. Aquellos diez mil pesos fuertes fueron depositados en el Banco de Bilbao, como lugar seguro, para poder ir pagando la obra cuando llegara el momento.
El proyecto tomó forma. La comisión encargó al arquitecto bilbaíno D. Miguel de Garrastachu la formación del plano y de las condiciones de la nueva iglesia. Garrastachu reconoció la iglesia vieja y consideró que no tenía valor artístico ni monumental suficiente, que se hallaba en parte ruinosa y que sus condiciones eran poco higiénicas. Por ello recomendó derribarla y construir otra mejor, aprovechando que el pueblo contaba con un donativo suficiente.
Con aquel informe, el Obispo autorizó el derribo de la iglesia antigua y permitió que, mientras durasen las obras, la ermita de San Roque funcionase provisionalmente como parroquia. Todo parecía dispuesto.
Pero entonces llegó el primer gran tropiezo.
El remate de las obras estaba señalado para marzo de 1870. Sin embargo, según el comunicado de Victoriano de Ortúzar, en el momento en que iba a celebrarse, el alcalde D. Agapito Sasia y los regidores de Ciérbana D. Juan Romañaz y D. Ramón de Menchaca se negaron a autorizarlo. El firmante decía desconocer causa legítima que justificara aquella decisión y consideraba que con ella se privó al concejo de tener un templo digno.
La comisión, según su relato, quedó prácticamente sin margen de actuación. No tenía facultades para acudir a los tribunales y tuvo que esperar mejores circunstancias.
Pero las circunstancias no mejoraron. Al contrario: poco después sobrevino la guerra.
Durante la contienda, el concejo de Ciérbana, cargado como otros pueblos con los gastos derivados del conflicto, recurrió al dinero que Francisco de Murrieta había dejado para la iglesia. Se convocó al vecindario en junta general y, salvo algunas excepciones, se aceptó la idea de emplear parte del legado para pagar contribuciones de guerra, con la promesa de devolver aquella cantidad cuando llegara el momento de construir el templo.
La suma utilizada ascendió aproximadamente a cinco mil duros.
Ese dato explica mucho de lo que después se repetiría en la prensa. La iglesia no quedó paralizada por falta inicial de proyecto ni por ausencia de voluntad del benefactor. El dinero existió. La comisión existió. Los planos existieron. La autorización existió. Lo que ocurrió fue que el proceso se detuvo primero en el remate frustrado de 1870 y después quedó atrapado en las consecuencias económicas de la guerra.
Cuando Victoriano de Ortúzar escribió su comunicado, en diciembre de 1880, el asunto seguía sin resolverse. Afirmaba que, terminada la guerra, las autoridades de Abanto y Ciérbana habían mirado con indiferencia el cumplimiento de aquel deber sagrado. Solo entonces parecía abrirse una nueva esperanza: el Ayuntamiento presidido por D. Juan Ángel de Allende había nombrado una nueva comisión, que el firmante confiaba en que tuviera por objeto cumplir la voluntad de Francisco de Murrieta y levantar por fin la iglesia de Ciérbana.
Aquel comunicado deja una sensación amarga. San Román no estaba esperando solo una obra; estaba esperando que se cumpliera una voluntad. La de un hijo de Ciérbana que, desde Buenos Aires, quiso dejar parte de su fortuna para levantar una iglesia en el lugar donde había nacido su memoria familiar y religiosa.
Por eso esta noticia de 1880 resulta tan importante. Nos muestra el momento anterior a la denuncia más conocida de 1882, cuando alguien subió al Serantes buscando una iglesia que todavía no se veía. Dos años antes, ya se sabía que la iglesia había existido en los papeles, en los planos y en la intención del pueblo. Lo que faltaba era convertir aquella voluntad en piedra, campana y altar.
La iglesia de San Román, antes de ser una ausencia en el paisaje, fue una obra detenida en el camino.
Fuente consultada: El Noticiero Bilbaíno, comunicado firmado por Victoriano de Ortúzar y la Torre, Ciérbana, 1 de diciembre de 1880, publicado en Bilbao el 3 de diciembre de 1880.
Nota sobre la investigación: En esta noticia se habla expresamente de diez mil pesos fuertes destinados a la construcción de la iglesia. En artículos posteriores aparecerá la referencia más amplia a veinte mil duros, vinculados a la iglesia y al sostenimiento del Culto y Clero. Conviene mantener esta diferencia a la vista hasta reunir todas las piezas documentales.
Nota sobre la toponimia: Se conserva la forma histórica Ciérbana, tal como aparece en la prensa de la época. Actualmente, el municipio se denomina Zierbena.


