top of page

Cuando la costa vigilaba el horizonte

akalsuelme
1 jul
3 min de lectura

Recreación histórica de un vigía en la atalaya de Punta Lucero durante la segunda mitad del siglo XVII. Desde este estratégico promontorio se vigilaba la entrada al Abra y la costa occidental de Bizkaia para alertar, mediante señales de fuego, de la posible llegada de escuadras francesas u otras fuerzas enemigas en tiempos de conflicto. Al fondo se aprecia el entorno de la playa de Arenota, cuya costa ofrecía un amplio campo de observación sobre el Cantábrico.
Recreación histórica de un vigía en la atalaya de Punta Lucero durante la segunda mitad del siglo XVII. Desde este estratégico promontorio se vigilaba la entrada al Abra y la costa occidental de Bizkaia para alertar, mediante señales de fuego, de la posible llegada de escuadras francesas u otras fuerzas enemigas en tiempos de conflicto. Al fondo se aprecia el entorno de la playa de Arenota, cuya costa ofrecía un amplio campo de observación sobre el Cantábrico.

En ocasiones, los viejos periódicos nos permiten viajar mucho más atrás en el tiempo del año en que fueron impresos. Es el caso de este artículo publicado en enero de 1880, que recuerda las medidas defensivas adoptadas por el Señorío de Vizcaya durante una guerra contra Francia hechos que ocurrieron en plena segunda mitad del siglo XVII, cuando el temor a un desembarco enemigo obligó a organizar un sistema de vigilancia a lo largo de toda la costa.


A diferencia de lo que podríamos imaginar hoy, las amenazas no procedían únicamente de grandes batallas navales. La costa cantábrica era un lugar estratégico para el comercio y las comunicaciones, y existía el riesgo de incursiones de navíos enemigos, corsarios o fuerzas militares que intentaran desembarcar para atacar las poblaciones costeras o avanzar hacia el interior.


Por ese motivo, el gobierno del Señorío ordenó instalar atalayas y centinelas en los principales cabos del litoral. Su misión era sencilla pero esencial: vigilar el mar día y noche y comunicar rápidamente cualquier movimiento sospechoso mediante señales de fuego. Tres hogueras indicaban que la escuadra navegaba hacia el oeste; dos, que se dirigía mar adentro; y una sola, que avanzaba hacia la costa vizcaína. Era una auténtica red de comunicación visual, capaz de transmitir una alarma en pocos minutos de cabo en cabo.


Una geografía que también ha cambiado de nombre

Uno de los aspectos más llamativos del documento es comprobar cómo muchos lugares aparecen escritos de forma diferente a como los conocemos actualmente.


Así, el texto menciona una atalaya en Ciérbana, utilizando la grafía antigua con C y B, y sitúa otra en el cabo de Lucero, aunque el documento original citado por el periodista escribe cabo de Usnero, una variante histórica hoy prácticamente olvidada. Actualmente ese lugar es conocido por todos como Punta Lucero, uno de los enclaves más representativos de Zierbena.


También aparece el cabo de la Galea, en Getxo; la punta del Milano, aclarando el propio periodista que hoy conocemos como cabo Villano; el cabo de Machasaco, actual Matxitxako; el alto de Ogoño, en Elantxobe; el cabo de Santa Catalina, en Lekeitio; y la ermita de la Atalaya de Ondarroa. Todos ellos formaban parte de una cadena de vigilancia que protegía la costa vizcaína.


Pobeña, Arenota, Ciérbana y Santurce

El artículo resulta especialmente valioso para quienes conocemos el Valle de Somorrostro, porque cita expresamente los lugares por donde se temía un desembarco enemigo: Pobeña, Arenota, Ciérbana y Santurce.

Especialmente curiosa es la referencia a Arenota. El propio periodista de 1880 añade entre paréntesis que supone que se trata de la playa de Musquiz, como literalmente lo escribe. Hoy resulta difícil afirmarlo con total seguridad, pero esa observación demuestra que incluso hace casi siglo y medio ya existían dudas sobre algunos topónimos antiguos y su correspondencia con los lugares actuales.


Defender Portugalete

Una vez estudiadas las posibles rutas de invasión, las autoridades consideraron que el principal objetivo debía ser impedir que un ejército enemigo pudiera rodear Portugalete tras desembarcar por la costa occidental.

Por ello se propusieron nuevas trincheras, cortaduras en los caminos y refuerzos en posiciones elevadas como San Roque, aprovechando la propia orografía como elemento defensivo. No eran grandes fortalezas de piedra, sino obras militares rápidas, adaptadas al terreno y construidas para dificultar el avance del enemigo.


Un documento lleno de historia

Más allá de su contenido militar, esta crónica posee un enorme valor porque conserva la memoria de una costa anterior a los grandes cambios industriales. Los nombres de los lugares, las grafías antiguas y las referencias geográficas nos permiten reconstruir cómo entendían el territorio quienes vivieron hace más de tres siglos.

Cada topónimo constituye una pequeña huella del pasado. Algunos apenas han cambiado; otros evolucionaron con el tiempo hasta adoptar la forma con la que hoy los identificamos. Precisamente por eso, documentos como este nos ayudan a comprender que el paisaje no solo cambia físicamente: también cambian las palabras con las que lo nombramos.


Fuente consultada

El Noticiero Bilbaíno, 16 de enero de 1880, Lo pasado de Vizcaya. La defensa de los puertos (IV), p. 2.

bottom of page