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Cierbana, primavera de 1888, San Roman y la nueva carretera

akalsuelme
17 jul
3 min de lectura
Puerto de Cierbana, recreación antigua finales del XIX
Puerto de Cierbana, recreación antigua finales del XIX

La primavera de 1888 marcó un momento decisivo para la historia de Ciérbana.


Durante años, El Noticiero Bilbaíno había denunciado el aislamiento del concejo, la necesidad de una carretera y la situación de la iglesia de San Román. Ahora, por fin, una de aquellas viejas aspiraciones estaba a punto de hacerse realidad.


El periódico anunciaba que la carretera de siete kilómetros, construida por el Ayuntamiento de Abanto y Ciérbana desde el Pino del Casal hasta el puerto, quedaría abierta al servicio público durante el verano de aquel mismo año. Aquella obra significaba mucho más que una nueva vía de comunicación: suponía el final de siglos de aislamiento para uno de los rincones más singulares del valle de Somorrostro.


Hasta entonces, el concejo apenas disponía de comunicación terrestre. El acceso se realizaba por caminos difíciles y el puerto, aunque ofrecido por la propia naturaleza, apenas podía aprovecharse por la falta de una carretera adecuada. Con la nueva infraestructura, Ciérbana dejaba de ser un rincón apartado para abrirse al resto de Vizcaya.


Pero el artículo no se limitaba a celebrar aquella mejora.

El periodista recordaba que Ciérbana era una tierra extraordinariamente fértil. Sus poco más de ciento veinte fogueras o vecindades vivían en un entorno privilegiado, donde la agricultura, la pesca y la pequeña actividad portuaria convivían desde hacía generaciones. El diario insistía especialmente en la calidad de sus viñedos, afirmando que, en los años de buena cosecha, producían cuatrocientas pipas del mejor vino de la costa vizcaína, una riqueza que hasta entonces apenas podía comercializarse debido a las enormes dificultades de transporte.


¿Qué era una pipa de vino?

Cuando el periódico habla de cuatrocientas pipas, no se refiere a pequeñas barricas. La pipa era una gran medida tradicional utilizada para el comercio del vino. Su capacidad variaba según las regiones, aunque habitualmente oscilaba entre 450 y 500 litros aproximadamente.

Eso significa que la producción mencionada por el periódico podría equivaler a cerca de 180.000 o incluso 200.000 litros de vino en los mejores años, una cifra que ayuda a comprender la importancia que tuvo históricamente la viticultura en Ciérbana.

Es muy probable que se tratara de chacolí, aunque el periódico no lo especifica expresamente y, por tanto, conviene mantener esa prudencia histórica.


La carretera permitiría que aquella riqueza agrícola encontrara por fin una salida más sencilla hacia los mercados.

Pero los beneficios no terminaban ahí.

El periódico imaginaba un futuro lleno de posibilidades. Pensaba que la proximidad entre la zona minera y el puerto impulsaría nuevas actividades económicas, especialmente la industria vitivinícola, la pesca y la conserva de pescado, aprovechando la privilegiada situación de Ciérbana junto a la entrada del Abra. Era una visión optimista de un concejo que estaba a punto de dejar atrás siglos de incomunicación.


Y entonces, cuando el artículo parecía celebrar aquel futuro prometedor, el periodista volvía la vista hacia una vieja herida.


Recordaba que Ciérbana seguía careciendo de una iglesia parroquial digna.

Hacía ya casi veinte años que los hermanos Murrieta, naturales del concejo y fallecidos en Buenos Aires, habían legado veinte mil duros para reedificar la iglesia de San Román y dotar el curato. El arquitecto bilbaíno Miguel de Garrastachuhabía redactado el proyecto de reconstrucción, pero la obra nunca llegó a iniciarse. Durante la última guerra civil se utilizaron cinco mil duros del legado para atender el suministro de raciones, y desde entonces el periódico seguía preguntándose qué había ocurrido con el resto del capital y por qué el templo continuaba sin reedificarse.


La reflexión del diario resultaba especialmente significativa.

Precisamente cuando la nueva carretera estaba a punto de llevar prosperidad al concejo, advertía que la ausencia de la iglesia sería más visible que nunca. Un pueblo que comenzaba a recibir más movimiento, más población y nuevas oportunidades no podía seguir careciendo del templo que sus propios benefactores habían querido levantar décadas atrás.


Así, la carretera y la iglesia aparecen unidas en una misma historia.

La primera simbolizaba el progreso material.

La segunda representaba una deuda moral todavía pendiente.

En la primavera de 1888, Ciérbana estaba a punto de dejar atrás su aislamiento. Sin embargo, mientras los caminos comenzaban por fin a abrirse hacia el mar, la promesa de los Murrieta seguía esperando convertirse en piedra, campanas y altar.


Fuente consultada

El Noticiero Bilbaíno, 24 de marzo de 1888, artículo “Ciérbana”.


Nota sobre la investigación: Este artículo enlaza con las noticias publicadas por El Noticiero Bilbaíno en 1880, 1882 y 1883, confirmando que, a las puertas de inaugurarse la carretera, la reedificación de la iglesia de San Román seguía siendo una cuestión sin resolver.


Nota sobre la toponimia: Se conserva la grafía histórica Ciérbana, tal como aparece en la prensa de la época. Actualmente, el municipio se denomina Zierbena.

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