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Aquellos arenales desde Pobeña hasta Santurce en 1886

akalsuelme
16 jul
5 min de lectura
Santurce en Julio de 1886, día luminoso de verano
Santurce en Julio de 1886, día luminoso de verano

Un viaje por las playas de Somorrostro en el verano de 1886

Hubo un tiempo en que las playas no se medían por el número de sombrillas ni por la facilidad para llegar a ellas. Se valoraban por la pureza de sus arenas, la tranquilidad de sus aguas y la belleza del paisaje que las rodeaba.

En el verano de 1886, El Noticiero Bilbaíno emprendió un recorrido por los balnearios marítimos de Vizcaya. A través de aquellas páginas podemos caminar hoy por una costa muy distinta de la actual, cuando los arenales de Somorrostro eran todavía lugares apartados, silenciosos y profundamente ligados a la naturaleza.

El periodista no escribe únicamente una guía para bañistas. En realidad, nos deja el retrato de una costa que empezaba a descubrir el turismo sin haber perdido todavía su carácter marinero.


Pobeña, el arenal que esperaba su oportunidad

El recorrido comienza en Pobeña.

El periódico no duda en afirmar que su playa era una de las mejores de toda la costa cantábrica. Sin embargo, lamenta una contradicción que hoy resulta casi difícil de imaginar: apenas acudían bañistas.

No era por falta de belleza.

Era por falta de camino.

La playa permanecía casi aislada del resto de Vizcaya. Bastaban unos pocos kilómetros de carretera para transformarla en uno de los principales destinos veraniegos, pero aquel acceso todavía no existía. El cronista estaba convencido de que, una vez construida esa comunicación, Pobeña se convertiría en uno de los balnearios más concurridos de la provincia.


Resulta emocionante leer estas líneas con la perspectiva del tiempo. Quien escribía en 1886 contemplaba un futuro que aún no había llegado, imaginando familias paseando por una playa que entonces seguía siendo casi un rincón escondido entre montes y mar.


El periodista también recuerda el pequeño Santuario de Nuestra Señora del Socorro, levantado sobre una isla que dejaba de serlo durante la bajamar, y la iglesia parroquial de San Nicolás, fundada en el siglo XVIII por Pedro de la Quadra. Ambos edificios formaban parte del paisaje cotidiano de quienes vivían junto a la playa.


Un paisaje de viñas junto al mar

Quizá uno de los detalles más sorprendentes de la crónica sea el protagonismo del vino.

Hoy cuesta imaginar aquellas laderas cubiertas de viñedos, pero el periódico explica que en Pobeña abundaban las viñas y que, en tiempos de buenas cosechas, se obtenían más de cien pipas de vino tinto, considerado entre los mejores del Señorío de Vizcaya. Una pipa era un gran tonel de madera utilizado para almacenar y transportar vino, unos 500 litros de capacidad. Además de designar el recipiente, también servía como medida de capacidad, por lo que hablar de cien pipas permite hacerse una idea de la importante producción vinícola que existía entonces en la costa vizcaína.

La costa no vivía únicamente del mar.

Vivía también de la tierra.

Los viñedos descendían hacia el Cantábrico formando un paisaje que hoy casi ha desaparecido y que constituye una de las imágenes más valiosas que nos ha dejado esta descripción.


Ciérbana, un puerto escondido

Desde Pobeña el recorrido continúa hacia Ciérbana.

El periodista siente una mezcla de admiración y tristeza.

Admiración por la belleza del lugar.

Tristeza por su aislamiento.

Afirma que casi todo el mundo sabía dónde estaba Ciérbana, pero muy pocos habían estado allí, porque llegar resultaba extraordinariamente difícil. El único acceso terrestre era un camino de herradura que mantenía al pequeño puerto prácticamente separado del resto del valle.


Aun así, el cronista mira al futuro con optimismo.

Recuerda que el Ayuntamiento de Abanto y Ciérbana ya había iniciado la construcción de la carretera desde Gallarta y que solo faltaba completar el último tramo hasta el puerto. Cuando aquello ocurriera, decía, Ciérbana dejaría atrás su aislamiento y podrían instalarse fábricas de escabeches y conservas de pescado que darían una nueva vida al concejo.


Cuatrocientas pipas de vino frente al Cantábrico

La sorpresa continúa.

El periódico explica que el concejo de San Román de Ciérbana producía, en los años buenos, cerca de cuatrocientas pipas de vino, uno de los mejores que se cosechaban en Vizcaya.


No sabemos con certeza qué variedad era. La noticia no lo especifica.

Pero sí demuestra que aquellas laderas hoy cubiertas de bosque, carreteras o viviendas estuvieron durante generaciones ocupadas por viñedos que formaban parte esencial de la economía local.

Y añade una reflexión que todavía emociona leer.

Toda aquella riqueza agrícola se veía frenada porque los productos solo podían sacarse a lomo de caballería. No faltaban viñas ni trabajo. Faltaba un camino digno para llevar el fruto hasta los mercados.


Arenales que conservaban el silencio

La descripción de aquellas playas transmite una sensación que hoy casi hemos olvidado.

No aparecen hoteles alineados junto al mar.

No hay paseos marítimos.

No existen aparcamientos ni urbanizaciones.

Solo arena, mar, acantilados y pequeños puertos donde la vida seguía el ritmo de las mareas.

Los arenales de Somorrostro eran entonces lugares donde el visitante encontraba silencio, naturaleza y una costa todavía moldeada casi exclusivamente por el paso del tiempo.


Santurce, el lugar deleitable

El recorrido termina en Santurce.

El cronista reconoce que no disponía de una gran playa natural como Pobeña o Ciérbana. Sin embargo, explica que el Ayuntamiento había construido una zona de baños entre las rocas, permitiendo que muchas personas pudieran disfrutar del mar con mayor comodidad.


Pero el verdadero elogio llega después.

Recuerda que Lope García de Salazar ya describía siglos atrás a Santurce como un «lugar deleitable», donde los señores de Vizcaya gustaban de establecer sus palacios y residencias. El periodista considera que, si aquel lugar era hermoso únicamente por obra de la naturaleza en la Edad Media, todavía lo era más en 1886, cuando el esfuerzo de sus vecinos había contribuido a embellecerlo sin hacerle perder su carácter.


Mirar aquellos arenales con los ojos de 1886

Quizá eso sea lo más hermoso de esta crónica.

No describe únicamente playas.

Describe una forma de vivir.

Nos habla de una costa donde convivían pescadores, mineros, agricultores y marineros; donde el vino crecía casi junto a la arena; donde los caminos de herradura marcaban el ritmo de los viajes y donde cada pequeño puerto esperaba una carretera que le permitiera abrirse al mundo.

Hoy seguimos contemplando el mismo mar.

Las olas continúan rompiendo sobre la costa de Pobeña, La Arena, Ciérbana o Santurce.

Pero leer estas páginas de 1886 nos permite descubrir un paisaje que ya no existe del todo: el de unos arenales silenciosos, rodeados de viñas, caseríos y senderos de tierra, cuando el verdadero lujo consistía simplemente en caminar descalzo sobre la arena y escuchar el Cantábrico sin más compañía que el viento.


Fuentes consultadas:

  • El Noticiero Bilbaíno, «Los balnearios de Vizcaya. Los marítimos (I)», 4 de julio de 1886.

  • El Noticiero Bilbaíno, continuación del reportaje sobre los balnearios marítimos de Vizcaya, julio de 1886.


Nota sobre la toponimia: En este artículo se conservan las grafías históricas utilizadas por la prensa de la época cuando aparecen en las fuentes originales.

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