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Un paseo por las fiestas de Mamariga en 1889

akalsuelme
13 jul
3 min de lectura

Actualizado: 14 jul

Aproximación del barrio de Mamariga de primera década  del siglo XX
Aproximación del barrio de Mamariga de primera década del siglo XX

Hay lugares que consiguen conservar su personalidad generación tras generación. Mamariga es uno de ellos. Aunque el barrio haya cambiado con el paso del tiempo, sus fiestas siguen formando parte de la vida de Santurtzi, igual que ocurría hace más de un siglo.


Gracias a las páginas de El Noticiero Bilbaíno podemos asomarnos a una de aquellas jornadas festivas y recorrer, casi paso a paso, un día de septiembre de 1889, cuando el barrio se preparaba para celebrar una de sus romerías más esperadas.


Todavía no había despuntado completamente el alba cuando el silencio comenzó a romperse con el sonido del tamboril y el alegre repique de las campanas. Aquellos primeros acordes no solo despertaban al vecindario, sino que anunciaban que había llegado el gran día.


Poco a poco, las puertas de las casas se abrían. Los caminos, entonces de tierra y piedra, empezaban a llenarse de vecinos que saludaban a familiares y amigos mientras se dirigían hacia la iglesia. El ambiente respiraba ilusión. Las conversaciones, las sonrisas y los preparativos dejaban claro que la fiesta era mucho más que un simple programa de actos: era un día esperado durante todo el año.


A media mañana salió la procesión desde la parroquia hasta la ermita de la Virgen, acompañada por el Ayuntamiento y por numerosos fieles. Allí se celebró la misa solemne y el sermón, en el que el predicador invitó a los asistentes a confiar en la protección de la Virgen en unos tiempos que todavía no eran fáciles para muchas familias.


Terminados los actos religiosos, el barrio cambió de ritmo.

El campo de la Virgen comenzó a llenarse de gente llegada de Santurce y de otros lugares cercanos. También acudieron numerosos visitantes que deseaban disfrutar de una fiesta cuya fama ya trascendía el propio barrio. La música del pueblo se alternaba con el inconfundible tamboril, mientras las cuadrillas improvisaban bailes y conversaciones que llenaban de vida cada rincón.


El corresponsal describe un ambiente extraordinariamente animado. Había música, romería, encuentros entre amigos y familias enteras disfrutando de una jornada que reunía a vecinos y forasteros bajo un mismo espíritu festivo. La juventud ocupaba buena parte de la romería, pero también lo hacían los mayores, compartiendo una celebración donde cada generación encontraba su lugar.


Resulta fácil imaginar aquel paisaje. Las casas de piedra y los caseríos asomaban entre los caminos; desde las laderas podía contemplarse el Abra mientras el sonido de los txistus, los tamboriles y las conversaciones se mezclaba con la brisa que llegaba del mar. Eran fiestas sencillas, nacidas de la convivencia y del deseo de compartir unas horas de alegría con familiares, vecinos y amigos.


Con el paso de la tarde, el ambiente fue creciendo todavía más. Los bailes continuaban, las cuadrillas recorrían el barrio y la música apenas dejaba un instante de silencio.

Cuando cayó la noche, la fiesta no terminó.


Las fachadas aparecieron iluminadas, comenzaron los fuegos artificiales y la romería continuó bajo la luz de los faroles. El periódico cuenta que la música siguió sonando hasta que, ya avanzada la noche, una última jota puso el broche final a la jornada, despidiendo las fiestas hasta el año siguiente.


Al leer hoy aquella crónica resulta inevitable pensar en todas las generaciones de vecinos que han mantenido viva esta tradición. Han cambiado las calles, las viviendas, la forma de vivir y de celebrar, pero las fiestas de Mamariga siguen siendo un punto de encuentro para el barrio, igual que lo eran hace más de ciento treinta años.


Quizá ese sea el verdadero valor de estas viejas noticias. No solo nos cuentan cómo era una fiesta, sino que nos permiten comprender que la historia de un pueblo también se escribe con la música del tamboril, con las conversaciones entre vecinos, con las romerías y con esos pequeños momentos de felicidad compartida que pasan de padres a hijos y terminan formando parte de la memoria colectiva.


Porque las fiestas terminaban al caer la noche, pero los recuerdos permanecen. Y mientras alguien siga leyéndolos y contándolos, Mamariga continuará celebrando, una y otra vez, aquel lejano septiembre de 1889.


Fuente consultada: El Noticiero Bilbaíno, «Carta de Santurce», publicada el 13 de septiembre de 1889, con la crónica de las fiestas de Mamariga celebradas el domingo anterior.


Nota sobre la toponimia: Se respetan las denominaciones y grafías empleadas por la prensa de la época cuando aparecen citadas en la fuente.

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