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Marroquín y Muñatones

  • akalsuelme
  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

En las Encartaciones, especialmente en las zonas de mayor altitud de los valles altos, hay un apellido que siempre ha destacado entre los más antiguos: Marroquín.


Su presencia es especialmente abundante en Carranza, Arcentales y Trucios, donde aparece con frecuencia en los registros sacramentales más antiguos.


Sin embargo, pocas personas saben que este apellido forma parte directa de la genealogía materna de Lope García de Salazar, el cronista que nos legó la célebre obra Bienandanzas e Fortunas.


El propio Lope explica cómo este apellido entró en su familia, y lo hace con claridad al hablar de su línea materna, la de Mencía de Muñatones.


Según relata, todo comienza lejos de Somorrostro, en los valles de Ayala y Salcedo, en Álava.


Allí vivió, entre 1220 y 1250, un caballero llamado Furtado Sánchez de Salcedo. De él nació, hacia 1230-1240, Sancho Ortiz, un hijo natural que terminaría dando nombre a uno de los linajes más característicos del occidente vizcaíno: los Marroquín.


Siendo joven, Sancho Ortiz fue enviado a Marruecos como rehén noble por orden del rey Alfonso X el Sabio (1252-1284).


Era una época de treguas y acuerdos con los reyes meriníes, la dinastía Banu Marín, que gobernaba Marruecos. En aquellos pactos se enviaban jóvenes nobles como garantía viva de los acuerdos alcanzados. No eran prisioneros; vivían con consideración y respeto, aunque debían permanecer allí hasta que se cumplieran los compromisos establecidos.


Lope lo dejó escrito de esta manera en su obra:


«…lo dexó allí a rehenes con otros cavalleros suyos, por las despensas que allí avía fecho, llamáronle Marroquín; e por esto fueron e son llamados algunos que d’él sucedieron e suceden Marroquines.»


Cuando Sancho regresó a Castilla, no solo volvió con el sobrenombre que acabaría convirtiéndose en apellido, sino que también participó en diversas campañas del sur peninsular durante el reinado de Alfonso X, en lugares como Úbeda, Jaény la frontera de Granada.


Por esos servicios, el rey le concedió diversas mercedes en tierras de nuestra comarca. Lope las enumera una por una:


«…dióle los monasterios de Sant Julián de Musques e de Sant Román de Çiervena… e las azeñas de la Puente e del Azenal e de Ontón e del valle de Trápaga… e la probestad e peaje del puente de Sant Martín…»

Estas mercedes incluían:


• Los diezmos y rentas de San Julián de Muskiz.• Los diezmos de San Román de Zierbena.• Las aceñas, molinos de agua situados en Ontón y Trápaga. (Etimológicamente, “aceña” procede del árabe as-saniyya).• El peaje del puente y del puerto de San Martín, paso fundamental para mercancías, ganado, hierro y productos que bajaban desde Castilla hacia la costa.


A partir de ese momento, aproximadamente entre 1265 y 1280, una parte del linaje Marroquín se estableció en Somorrostro para administrar estas mercedes.


Pasaron los años y uno de sus descendientes, Galindo Sánchez, nacido hacia 1300 y bisabuelo materno de Lope García de Salazar, terminó unido a la Casa de Muñatones.


La Torre de Muñatones, solar al que quedó vinculada la rama familiar descendiente de los Marroquín.
La Torre de Muñatones, solar al que quedó vinculada la rama familiar descendiente de los Marroquín.

No fue por conquista ni por imposición, sino por algo muy habitual en la genealogía vasca: el matrimonio con la heredera del solar.


En las Encartaciones, muchas casas solares se transmitían por línea materna, y el marido pasaba a adoptar el nombre del solar que heredaba.


Así, la familia asumió el apellido Muñatones, junto con la propiedad, la torre y la memoria de aquella casa.


De aquella unión nació García Sánchez de Muñatones, y de él nació Mencía de Muñatones, madre de Lope.


Por ello, Lope podía afirmar con precisión que su linaje materno reunía dos ramas que acabaron encontrándose:


• Una procedente de Ayala y Salcedo, a través de los Marroquín.• Otra originaria de Somorrostro, heredera del solar de Muñatones.


Y de esa unión procede una parte importante de nuestra propia historia.


Una historia que enlaza el Ayala medieval del interior con la costa de Somorrostro, sus molinos, sus puertos y sus antiguas casas solares.


Una historia que, gracias a las palabras de Lope García de Salazar, todavía hoy podemos leer, comprender y sentir como parte de nuestra memoria.

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