Las Voces del Valle
- akalsuelme
- hace 16 horas
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Si uno abre el primer libro de bautismos de San Julián de Muskiz, fechado en 1536, el tiempo se detiene.
Las páginas, amarillentas y suaves como la piel del pergamino viejo, guardan nombres que parecen respirar todavía. Con tinta oscura y letra firme, alguien trazó allí la raíz escrita del valle: La Rígada, Pobeña, Pedriza, Salazar, San Martín, Lezama, Fonzerrada, Sopeña, Montaño, Ollancas, Çamudio de la Cuadra, Zendeja, Memerea, Musquiz…
En aquellos mismos años, la antigua Torre de Muñatones lucía ya tejado, dejando atrás su aire guerrero para convertirse en casa solariega.
Cada nombre es una casa, una historia, una rama del mismo árbol.
Pero si uno cierra el libro y deja que la mente viaje un siglo atrás, antes de que la tinta existiera como testigo, el valle aparece distinto: un Muskiz medieval, hecho de barro, hierro y humo.
Las sendas eran ríos de lodo que serpenteaban entre bosques húmedos; el Barbadún, entonces indómito, arrastraba el eco de las ferrerías que martilleaban el hierro con ritmo de trueno.
En aquellos días, Bizkaia era tierra de linajes y juramentos. Los valles estaban divididos entre casas que eran fortalezas, torres que miraban al horizonte con desconfianza y orgullo. Las piedras servían de defensa y de hogar, y sobre cada muro colgaba un escudo que hablaba de victorias y agravios.
Y en el corazón del valle de Somorrostro, junto al curso del Barbadún y ligeramente elevado sobre la vega, se alzaba una torre singular: la Torre de Muñatones.
Su nombre procede del antiguo término vasco muño, que significa colina o altura suave, y del sufijo que indica pertenencia o lugar. Así, Muñatones puede traducirse como “los del pequeño alto” o “la casa del cerro”, en alusión a su emplazamiento natural y al solar que dio nombre al linaje.
No era un castillo al modo castellano, sino una casa-torre solariega, residencia fortificada del linaje de los Salazar, que dominaría la historia del valle durante generaciones.
Fue allí donde, hacia 1399, vino al mundo Lope García de Salazar, hijo de Ochoa de Salazar y Teresa de Muñatones.
Aquella torre no era solo una morada: era un símbolo. Desde sus almenas se divisaban los campos, el brillo del hierro en las ferrerías, los caminos que llevaban a Castilla y, más allá, el rumor salado del Cantábrico.

Lope García de Salazar creció entre lanzas y pergaminos, entre la guerra y la palabra.
Su Bizkaia era un territorio dividido por los bandos, un lugar donde la honra se medía en acero y el linaje en sangre.
Pero Lope no fue solo un hombre de espada: fue también cronista de su tiempo. Ya maduro, encerrado —dicen— en una torre de Portugalete, tomó escritura y memoria y escribió las Bienandanzas e Fortunas, la gran crónica de los suyos, de sus amigos y enemigos, de un mundo que se desmoronaba entre las sombras del medievo.
Entre el nacimiento de aquel cronista y el primer bautismo anotado en Muskiz pasaron casi ciento cuarenta años de silencio.
Un silencio poblado de vida: hombres y mujeres que trabajaron el hierro y la tierra, que encendieron fuegos y cuidaron rebaños, niños que aprendieron el nombre del mar y crecieron mirando las mismas montañas. Nadie escribió sus nombres, pero todos dejaron huella en el barro, en la piedra y en el aire.
Quizá aquellos primeros niños bautizados en 1536 fueron sus descendientes: hijos de herreros y pescadores, nietos de los guardianes de las torres. Quizá entre sus venas corría la misma sangre que un día empuñó una espada en Muñatones o avivó el fuego de una ferrería junto al río.
Porque los apellidos de aquel libro —Salazar, Sant Martin, Montaño, Memerea, Oyancas, Çendeja…— son los mismos que hoy seguimos pronunciando, los que se negaron a desaparecer.
Y así, al recorrer con la mirada esas líneas torcidas por el tiempo, parece que las páginas hablan. Sus voces llegan desde un pasado remoto, recordándonos que la historia de Muskiz no empezó con la tinta, sino con la piedra, el hierro y la palabra.


