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Las cinco torres de Muskiz.

  • akalsuelme
  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

Siempre que he subido hacia las Encartaciones, y luego, a la vuelta, regresando por Muskiz, una casa al pie del camino a mano derecha siempre ha llamado mi atención. Un portalón antiguo, una piedra noble, una sillería que imponía silencio… y ese arco suyo que parecía guardar algo dentro.


No conocía su historia ni su origen, pero cada vez que pasaba sentía que aquel portalón me hablaba, como si estuviera tratando de contarme una historia que yo aún no estaba preparado para entender.


Con los años supe que era la torre de Santelices.


Y entonces comprendí su lugar, su presencia y el porqué de aquella atracción tan fuerte.


Torre de Santelices, guardiana de la entrada al valle.
Torre de Santelices, guardiana de la entrada al valle.

Las cinco torres de Muskiz — Relato de un valle en piedra


Cuando la niebla desciende desde Montaño y se posa sobre el Barbadún como un velo antiguo, el valle parece recuperar la voz que tuvo hace siglos. Es una voz hecha de piedra y silencio, de caminos que bajan, de ríos que avanzan con calma y de familias que un día levantaron torres para vivir, para protegerse y para decir: aquí empieza nuestra historia.



Las torres de Muskiz —Muñatones, Santelices, Montaño, Memerea y El Pobal— no surgieron como monumentos, sino como respuestas. Respuestas a un tiempo en que viajar era incierto, en que los linajes necesitaban refugios sólidos, en que la vigilancia era parte de la vida diaria.


A medida que uno avanza con cautela —como se hacía entonces, para no ser sorprendido en un recodo del camino— las torres van apareciendo, cada una con su propia alma.


Primero surge Muñatones, rodeado por un leve giro del Barbadún que parece inclinarse ante él. Nacido entre los siglos XIV y XV, es más que una torre: es la memoria central del valle. Aquí nació y vivió Lope García de Salazar. Sus escritos, las Bienandanzas e Fortunas, tienen algo del rumor de estas paredes.


Por las noches, si uno permanece en silencio, parece oírse en el interior un susurro suave, como el roce de pergaminos que no desean dormir. Muñatones es la torre que late incluso cuando todo calla.


Un poco más allá, siguiendo el ritmo tranquilo del río, aparece Santelices. Su puerta mira hacia las Encartaciones, como si vigilara la bajada natural de los caminos que durante siglos conectaron Muskiz con el interior.


Santelices es la torre que observa sin imponerse, pero que todo lo ve.


En lo alto, recortada contra el cielo, Montaño escucha otro tipo de voces. Es atalaya, es horizonte, es torre nacida para atender al mar. Desde el siglo XIV vigila la costa, la desembocadura y los barcos que un día fueron amenaza y otros esperanza.


El guardián de Montaño
El guardián de Montaño

Montaño es la torre que atiende al mar y habla con la brisa.




Más integrada en el paisaje cotidiano surge Memerea. Llegó probablemente en los inicios del siglo XVI, cuando las torres empezaban a dejar de ser refugios de urgencia y se convertían también en hogares amplios y vividos.

Memerea es la torre que se abre sin dejar de ser torre.



Y río arriba, junto al agua que mueve la ferrería, entre olor a hierro y humo dulce, está El Pobal. Su torre nació entre finales del XIV y el XV para proteger no solo personas, sino también una forma de trabajo.


El Pobal es la torre que custodia el oficio del valle.




Cinco torres. Cinco pulsos. Cinco maneras de sostener el pasado.

Muñatones late, Santelices vigila la entrada, Montaño escucha el mar, Memerea acoge la vida y El Pobal respira junto al fuego.


Unidas, dibujan un relato completo, como cinco capítulos que forman un único libro tallado en piedra.


Y cuando cae la tarde y Muskiz vuelve a llenarse de esa luz dorada que solo se ve en los valles que miran al mar, uno tiene la sensación de que las torres —todas juntas, silenciosas, firmes— siguen contando historias.

Porque en este valle, la piedra no se limita a estar.

La piedra de sus arcos evoca recuerdos de otra época.

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